Alfred Nobel nació en 1833, en Estocolmo, en una familia marcada por los explosivos y la quiebra. Su padre era ingeniero e inventor, obsesionado con la nitroglicerina, una sustancia tan poderosa como inestable. Desde niño, Alfred vivió entre laboratorios improvisados, accidentes, deudas y mudanzas. Aprendió idiomas como otros aprenden a caminar: sueco, ruso, francés, inglés, alemán. Era químico, sí, pero también poeta. Admiraba a Shelley y escribía versos melancólicos. Ese detalle suele olvidarse.
La nitroglicerina era una bomba esperando excusa. En 1864, una explosión mató a su hermano Emil y a varios trabajadores. Lejos de abandonar la investigación, Nobel se obsesionó con domar ese caos. En 1867 logró estabilizarla mezclándola con tierra de diatomeas: nació la dinamita. El mundo cambió. Túneles, carreteras, minería… y guerras. Nobel se volvió riquísimo, dueño de fábricas por toda Europa y América. Más de 350 patentes. Un imperio construido sobre algo que podía abrir montañas o despedazar cuerpos.
Pero aquí viene el quiebre moral.
En 1888 murió su hermano Ludvig. Un periódico francés confundió al muerto y publicó el obituario de Alfred con un título brutal:
“El mercader de la muerte ha muerto.”
Decía que se había enriquecido encontrando formas más eficientes de matar personas.
Nobel leyó su propio juicio final estando vivo. Y le dolió. No era un cínico; era un hombre solitario, depresivo, con mala salud y una conciencia que no lo dejaba dormir. Temía ser recordado solo como eso: un traficante de muerte con bata blanca.
Entonces hizo algo extraño para un multimillonario del siglo XIX: reconstruyó su legado.
En su testamento destinó casi toda su fortuna a crear premios anuales para quienes aportaran “el mayor beneficio a la humanidad” en física, química, medicina, literatura y paz. La paz: el inventor de explosivos financiando un premio para quienes lucharan contra la guerra. No es hipocresía simple; es culpa convertida en institución.
Murió en 1896, solo, en Italia. No tuvo hijos. Su familia peleó el testamento. Muchos lo consideraron una locura. Pero en 1901 se entregaron los primeros Premios Nobel, y desde entonces su nombre dejó de estar asociado únicamente a la dinamita.
La historia de Alfred Nobel no es la de un villano ni la de un santo. Es la de un hombre que entendió tarde que la memoria pública es una sentencia, y decidió intervenir en ella. Quiso que el mundo recordara no lo que había creado, sino lo que intentó reparar.
Una pregunta queda flotando —y no es menor hoy—:
¿basta con financiar el bien para redimir el daño que ayudaste a hacer?
Nobel nunca respondió. Solo dejó el dinero… y el remordimiento organizado.
No hay comentarios:
Publicar un comentario