La de Fritz Haber es una historia fascinante y terrible a la vez, de esas que no se olvidan porque obligan a pensar qué hacemos con el conocimiento.
Fritz Haber: el hombre que alimentó al mundo… y perfeccionó la muerte
Fritz Haber nació en 1868, en Breslavia, entonces parte del Imperio alemán. Era judío en una Alemania que empezaba a exigir asimilación como condición para existir. Haber eligió la ciencia como patria. Más aún: eligió Alemania como idea moral. Tanto, que terminó convirtiéndose al protestantismo convencido de que así serviría mejor a su país.
Desde joven tuvo una obsesión: dominar la naturaleza. No contemplarla, no dialogar con ella, sino someterla mediante fórmulas. Y lo logró.
A principios del siglo XX resolvió uno de los grandes problemas de la humanidad: cómo fijar el nitrógeno del aire para producir fertilizantes de manera industrial. Hasta entonces, la agricultura dependía de fuentes limitadas como el guano o el salitre chileno. El proceso Haber-Bosch permitió fabricar amoníaco a gran escala.
Resultado: alimentos para millones.
Sin exagerar: se calcula que hoy la mitad de la humanidad vive gracias a ese descubrimiento.
Por eso recibió el Premio Nobel de Química en 1918.
Pero la misma reacción química que produce fertilizantes… también produce explosivos.
Y ahí comienza la otra cara.
La guerra como laboratorio
Cuando estalló la Primera Guerra Mundial, Haber no dudó un segundo. Para él, la ciencia no tenía ética propia: su ética era la victoria alemana. Dirigió el programa de armas químicas del Imperio. Fue uno de los cerebros detrás del primer uso masivo de gas venenoso en el frente de Ypres en 1915.
Haber estaba allí. No como espectador: como director del experimento.
Los soldados aliados murieron ahogados en sus propios pulmones, en silencio verde.
Ese mismo día, su esposa Clara Immerwahr, también química y pacifista convencida, se suicidó con la pistola de Haber. No soportó lo que él había hecho con la ciencia.
A la mañana siguiente, Haber partió al frente oriental.
La guerra no espera a las viudas.
El patriota expulsado
Haber creía haber entregado todo a Alemania. Pero Alemania nunca lo consideró del todo suyo.
En 1933, con la llegada del nazismo, fue expulsado de su cargo por ser judío. El mismo Estado por el que había sacrificado su conciencia lo desechó sin remordimientos.
Murió en el exilio en 1934, solo, enfermo y derrotado.
Ironía final: uno de los pesticidas desarrollados en su instituto, el Zyklon B, sería usado años después en los campos de exterminio nazis. Haber no lo vio, pero su sombra sí llegó hasta Auschwitz.
El dilema Haber
Fritz Haber encarna una pregunta incómoda:
¿Puede un científico decir “yo solo descubrí la fórmula” y lavarse las manos de lo que viene después?
Haber diría que sí.
La historia parece decir que no.
Fue un hombre que alimentó al mundo y al mismo tiempo ayudó a industrializar la muerte. Un genio sin freno moral, un patriota traicionado, un símbolo del siglo XX: brillante, eficaz… y ciego.
No fue un monstruo. Eso es lo más inquietante.
Fue algo peor: un hombre convencido de que el deber justifica cualquier cosa.
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