martes, 3 de febrero de 2026

  El cielo y la tierra son implacables. Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja.

LAO TZU

El cielo y la tierra no acarician: respiran.
Y en ese respirar, todo arde o se enfría.

“El cielo y la tierra son implacables.
Los seres de la creación son para ellos meros perros de paja.”

La frase cae como una piedra en un lago moralista. No salpica consuelo; hace ondas incómodas. Laozi no está siendo cruel: está siendo exacto. El Tao no tiene favoritos. No ama, no odia, no se disculpa. Simplemente es. Y ese “ser” no negocia con nuestras ilusiones de protagonismo.

Los perros de paja eran figuras rituales: veneradas antes del rito, pisoteadas después. Ni sagradas ni malditas. Útiles… y luego prescindibles. Así somos frente al cielo y la tierra: importantes solo mientras existimos, irrelevantes cuando dejamos de hacerlo. El universo no guarda luto. No envía flores. No baja la persiana.

Y eso, paradójicamente, es una buena noticia.

Porque la implacabilidad del cielo no es sadismo: es imparcialidad absoluta. El rayo no elige al pecador. La sequía no lee currículums éticos. El terremoto no distingue entre verdugos y víctimas. La naturaleza no es injusta: es ajena. La injusticia empieza cuando nosotros exigimos que el cosmos funcione como un tribunal moral.

Aquí se derrumba el narcisismo humano, ese vicio elegante que nos hace creer que el mundo debería girar en torno a nuestras biografías. Laozi nos baja del pedestal con una sonrisa zen: no eres el centro, eres el tránsito. Polvo con agenda.

Pero atención: que no haya favoritismo no significa que no haya orden. El Tao es una lógica sin ego. Fluye. Ajusta. Corrige. No castiga, pero tampoco protege al necio de sus actos. El que se opone al río no recibe un sermón: se ahoga.

La implacabilidad, entonces, no es enemiga de la vida. Es su condición. Si el cielo fuera sentimental, el mundo sería un caos blando, una sopa tibia de excepciones. La vida existe porque las reglas no lloran.

Y ahí está la lección incómoda:
si el universo no nos debe nada, todo lo que tenemos es un regalo no garantizado. El amor, la justicia, la compasión no vienen del cielo ni de la tierra. Vienen de nosotros. No porque el mundo sea bueno, sino precisamente porque no lo es.

Laozi no nos invita a la resignación, sino a la lucidez. A vivir sin exigirle ternura al abismo. A dejar de negociar con el cosmos y empezar a hacernos cargo del pequeño margen donde sí importa lo humano.

El cielo y la tierra son implacables.
Por eso, si vamos a ser compasivos, tendrá que ser entre nosotros.
El Tao no abraza.
Pero nos deja el espacio —breve, frágil, feroz— para aprender a hacerlo. 

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