Huang Po suelta esta frase como quien deja una piedra en el zapato de la mente:
Los insensatos rechazan lo que ven, no lo que piensan;los sabios rechazan lo que piensan, no lo que ven.
Y ahí empieza el temblor.
El insensato discute con la realidad como si fuera un mal comentario en redes:
—Eso no puede ser verdad.
—Eso no debería pasar.
—Eso no encaja con mi idea del mundo.
Cierra los ojos… y luego se queja de la oscuridad.
Rechaza el hecho, no el filtro. Mata al mensajero y se queda tranquilo, ignorante pero relajado. Un spa mental.
El sabio, en cambio, mira de frente.
No pelea con lo que ocurre: lo observa, lo mastica, lo deja pasar.
La pelea es otra: con sus propias ideas.
Sospecha de sus creencias como quien revisa un billete grande bajo la luz.
—¿Y si estoy equivocado?
—¿Y si esto que pienso es solo costumbre, miedo, herencia ajena?
Eso duele más. Mucho más.
Cuestionar lo que ves es cómodo.
Cuestionar lo que piensas es cirugía sin anestesia.
Huang Po sabía que la libertad no está en cambiar el mundo,
sino en dejar de confundirlo con nuestras opiniones.
Porque la realidad es terca, pero la mente…
la mente es una gran novelista: exagera, edita, miente bonito.
Y tal vez la sabiduría empiece ahí:
ver lo que hay,
y desconfiar —con elegancia— de lo que creemos ser.
Huang Po sabía que la libertad no está en cambiar el mundo,
sino en dejar de confundirlo con nuestras opiniones.
Porque la realidad es terca, pero la mente…
la mente es una gran novelista: exagera, edita, miente bonito.
Y tal vez la sabiduría empiece ahí:
ver lo que hay,
y desconfiar —con elegancia— de lo que creemos ser.
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