Apollinaire, el poeta que dibuja el aire
En París camina
con los zapatos llenos de luz
y el corazón partido
entre la guerra y los cafés.
Escribía poemas
que no caben en la línea,
que se rompen en el papel
como los vidrios del tiempo
y se curvan, se elevan,
se hacen barcos y torres
y gritos
y besos
y fantasmas.
Alcools es su atlas
de ciudades y amores,
de calles mojadas y canciones rotas,
donde el pasado y el presente
se confunden
y tú no sabes si lees
o estás flotando.
Inventó el caligrama
porque las palabras no bastaban:
había que verlas, tocarlas,
sentir cómo se doblan
y te abrazan,
como un abrazo que duele
y que ríe al mismo tiempo.
Pero debajo del juego
había melancolía:
la guerra, los amigos muertos,
el amor que escapa
y la ciudad que observa,
silenciosa y cruel.
Apollinaire nos enseña
que la poesía es riesgo,
que es valentía nombrar el mundo
cuando el mundo duele,
cuando el mundo se quiebra,
cuando la palabra parece insuficiente
y aún así la lanzamos al aire
como un globo azul
que nunca regresa.
Leerlo es respirar París
entre risa y llanto,
es mirar los fragmentos
y descubrir que
todo, todo puede ser poesía
si nos atrevemos a abrir los ojos
y el corazón.

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