Según David Nivison, para Mo Ti, los bienes materiales y morales están interconectados: «más riqueza básica, más reproducción, más gente, más producción y riqueza. Si la gente tiene abundancia, su comportamiento será bueno, filial, amable».
Mo
Ti —ese utilitarista con sandalias— propone una ecuación tentadora: pan
primero, virtud después.
Según Nivison, el argumento es casi
hidráulico: llena el estómago y la moral sube como la marea. Más grano →
más hijos → más brazos → más riqueza → más bondad.
Una cadena limpia,
elegante, demasiado limpia.
El atractivo es obvio.
Mo Ti escribe contra el hambre y la guerra; su ética no nace en el
templo sino en el granero.
Para él, la moral no florece en el vacío: la
miseria es una escuela de vicios. Aquí acierta con puntería. La
precariedad erosiona la confianza, vuelve urgente el cálculo, afila el
egoísmo.
Pedir virtud a quien no tiene qué comer es pedir poesía a un
naufragio. En este sentido, Mo Ti es brutalmente moderno: antes de
sermonear, redistribuye.
Pero el argumento se
vuelve resbaloso cuando la abundancia pasa de condición a causa
suficiente de la bondad.
La historia —esa señora sin paciencia—
desmiente el automatismo.
Hay sociedades ricas con comportamientos
depredadores; hay élites opulentas con ética de saqueo; hay abundancia
que engorda la indiferencia.
El dinero, como el fuego, calienta o quema:
no trae instrucciones morales impresas.
Además, Mo
Ti confunde correlación con destino. Que la escasez propicie el mal no
implica que la riqueza produzca el bien.
La moral no es un subproducto
del PIB.
Requiere instituciones, educación, normas compartidas,
sanciones, ejemplos.
Sin esos mediadores, la abundancia puede amplificar
tanto la virtud como el vicio.
Más recursos, sí; pero también más poder
para abusar.
Hay otra grieta: la demografía como
motor ético. “Más gente” no garantiza “mejor gente”. Sin cuidado
institucional, la multiplicación puede tensar recursos, degradar
vínculos y reactivar la competencia feroz que Mo Ti quería apagar.
El
círculo virtuoso se vuelve carrusel.
Con todo, no
conviene despachar a Mo Ti con sarcasmo fácil. Su intuición central
sigue siendo incómodamente cierta: no hay ética sostenible sobre
estómagos vacíos.
La moral que ignora las condiciones materiales suele
acabar en hipocresía.
El error está en el determinismo: creer que la
prosperidad, por sí sola, nos vuelve filiales y amables.
En
síntesis: Mo Ti acierta al exigir justicia material como preámbulo de
la ética; falla al suponer que la ética brota automáticamente de la
abundancia.
La virtud necesita pan, sí.
Pero también reglas, relatos y
responsabilidad.
Sin eso, la riqueza no civiliza: solo amplifica lo que
ya somos.
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