viernes, 6 de febrero de 2026

 Según David Nivison, para Mo Ti, los bienes materiales y morales están interconectados: «más riqueza básica, más reproducción, más gente, más producción y riqueza. Si la gente tiene abundancia, su comportamiento será bueno, filial, amable».


Mo Ti —ese utilitarista con sandalias— propone una ecuación tentadora: pan primero, virtud después. 
Según Nivison, el argumento es casi hidráulico: llena el estómago y la moral sube como la marea. Más grano → más hijos → más brazos → más riqueza → más bondad. 
Una cadena limpia, elegante, demasiado limpia.
El atractivo es obvio. 
Mo Ti escribe contra el hambre y la guerra; su ética no nace en el templo sino en el granero. 
Para él, la moral no florece en el vacío: la miseria es una escuela de vicios. Aquí acierta con puntería. La precariedad erosiona la confianza, vuelve urgente el cálculo, afila el egoísmo. 
Pedir virtud a quien no tiene qué comer es pedir poesía a un naufragio. En este sentido, Mo Ti es brutalmente moderno: antes de sermonear, redistribuye.
Pero el argumento se vuelve resbaloso cuando la abundancia pasa de condición a causa suficiente de la bondad. 
La historia —esa señora sin paciencia— desmiente el automatismo. 
Hay sociedades ricas con comportamientos depredadores; hay élites opulentas con ética de saqueo; hay abundancia que engorda la indiferencia. 
El dinero, como el fuego, calienta o quema: no trae instrucciones morales impresas.
Además, Mo Ti confunde correlación con destino. Que la escasez propicie el mal no implica que la riqueza produzca el bien. 
La moral no es un subproducto del PIB. 
Requiere instituciones, educación, normas compartidas, sanciones, ejemplos. 
Sin esos mediadores, la abundancia puede amplificar tanto la virtud como el vicio. 
Más recursos, sí; pero también más poder para abusar.
Hay otra grieta: la demografía como motor ético. “Más gente” no garantiza “mejor gente”. Sin cuidado institucional, la multiplicación puede tensar recursos, degradar vínculos y reactivar la competencia feroz que Mo Ti quería apagar. 
El círculo virtuoso se vuelve carrusel.
Con todo, no conviene despachar a Mo Ti con sarcasmo fácil. Su intuición central sigue siendo incómodamente cierta: no hay ética sostenible sobre estómagos vacíos. 
La moral que ignora las condiciones materiales suele acabar en hipocresía. 
El error está en el determinismo: creer que la prosperidad, por sí sola, nos vuelve filiales y amables.
En síntesis: Mo Ti acierta al exigir justicia material como preámbulo de la ética; falla al suponer que la ética brota automáticamente de la abundancia. 
La virtud necesita pan, sí. 
Pero también reglas, relatos y responsabilidad. 
Sin eso, la riqueza no civiliza: solo amplifica lo que ya somos.

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