Fulgor en la inmensidad
Tengo la sensación de no haber vivido.
No porque me falten días, sino porque me sobran rutinas. Porque a veces la vida se parece más a una sala de espera que a una travesía.
Siento la urgencia del que ya se va, del que se despide sin haber dicho lo esencial. Como si alguien hubiera pronunciado mi nombre en voz baja y yo hubiera respondido tarde. Esa prisa silenciosa que no es ansiedad, sino conciencia: el reloj no grita, pero avanza.
El tiempo se detuvo como un corazón cansado.
Late, sí, pero sin entusiasmo. Late por inercia. Y en esa pausa espesa, uno se pregunta si estar vivo es lo mismo que estar ardiendo.
Solo fue un fulgor en la inmensidad, pero fue visto.
Eso me salva. Pensar que aunque mi paso sea breve —una chispa apenas perceptible en la noche cósmica— hubo un instante en que brilló. Y alguien, aunque fuera el silencio mismo, lo registró. No se pierde lo que ha sido visto.
El universo se queja y nadie escucha sus lamentos.
Crujen los glaciares, tiemblan los bosques, los árboles guardan una paciencia que no es infinita. Hay un murmullo antiguo en las cosas, una especie de fatiga cósmica. Pero estamos distraídos, mirando pantallas, contando monedas, midiendo prestigios. El universo habla en grietas y nosotros respondemos con ruido.
Y sin embargo.
Quizá vivir no sea acumular hazañas sino encender, aunque sea una vez, una llama consciente. Quizá la vida no se mide en duración sino en intensidad. En ese momento en que uno se atreve a sentirlo todo: el miedo, la ternura, la rabia, la belleza brutal del mundo.
Tal vez no hayas vivido como imaginabas.
Pero si alguna vez miraste un árbol y sentiste respeto.
Si alguna vez corriste hasta que el pecho ardió y pensaste “estoy aquí”.
Si alguna vez escribiste algo que te dolía y lo dejaste salir…
Entonces hubo fulgor.
Y eso, aunque parezca pequeño, es una forma de eternidad.
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