El infierno como herramienta pedagógica: educar con miedo
Hay métodos educativos que no envejecen: la curiosidad, el juego, la paciencia.
Y hay otros que huelen a sótano antiguo, a vela apagada y a grito contenido.
El infierno pertenece a esta segunda categoría.
Sam Harris no se anda con metáforas suaves: enseñar a un niño que puede arder eternamente por pensar mal no es educación, es intimidación metafísica. Un chantaje cósmico envuelto en lenguaje piadoso.
Pórtate bien… o arde para siempre.
Ni el peor maestro de primaria se atrevió a tanto.
El infierno funciona como una pedagogía del terror.
No busca comprensión,
busca obediencia. No cultiva la ética, la reemplaza por reflejos
condicionados. Como entrenar perros, pero con almas eternas de por
medio.
Y ojo: no hablamos de monstruos con cuernos saliendo del clóset. Hablamos de algo más fino, más eficiente.
El miedo interiorizado.
La culpa anticipada.
La voz invisible que vigila incluso cuando nadie mira.
Educar con infierno es enseñarle al niño que pensar es peligroso, que dudar es pecado y que la curiosidad tiene consecuencias eternas. Es sembrar ansiedad donde debería crecer criterio.
Una mente así no decide: se protege.
Harris señala una paradoja brutal:
si un adulto amenazara a un niño con tortura perpetua para que se comporte, lo llamaríamos abuso.
Pero si la amenaza viene firmada por Dios, la llamamos tradición.
El infierno convierte la moral en cálculo:
¿Esto es bueno… o solo evita el castigo?
¿Soy ético… o simplemente tengo miedo?
Y una moral basada en el miedo no es moral: es supervivencia emocional.
No hay virtud en obedecer con la garganta apretada.
Peor aún: el infierno infantil no desaparece al crecer. Se queda como eco. Se transforma en angustia, en autocensura, en culpa crónica. Un firewall emocional que bloquea ideas nuevas “por si acaso”.
Educar debería ser lo contrario:
enseñar a elegir incluso cuando nadie castiga,
a actuar bien incluso sin recompensa,
a pensar sin pedir absolución.
Una ética madura no necesita fuego eterno como respaldo.
Necesita empatía, razones, consecuencias reales en este mundo real.
Harris no propone criar niños sin límites, sino sin terrores innecesarios.
Porque un niño que actúa por miedo no es bueno: está domesticado.
Y una sociedad de adultos domesticados es fácil de gobernar, fácil de manipular, fácil de asustar.
Al final, la pregunta no es teológica, es ética:
¿qué clase de humanidad estamos formando cuando enseñamos que el amor viene acompañado de amenaza?
Quizá ya va siendo hora de jubilar al infierno como método educativo.
Apagar el fuego.
Y dejar que la moral aprenda a caminar sin gasolina espiritual.
Y ojo: no hablamos de monstruos con cuernos saliendo del clóset. Hablamos de algo más fino, más eficiente.
El miedo interiorizado.
La culpa anticipada.
La voz invisible que vigila incluso cuando nadie mira.
Educar con infierno es enseñarle al niño que pensar es peligroso, que dudar es pecado y que la curiosidad tiene consecuencias eternas. Es sembrar ansiedad donde debería crecer criterio.
Una mente así no decide: se protege.
Harris señala una paradoja brutal:
si un adulto amenazara a un niño con tortura perpetua para que se comporte, lo llamaríamos abuso.
Pero si la amenaza viene firmada por Dios, la llamamos tradición.
El infierno convierte la moral en cálculo:
¿Esto es bueno… o solo evita el castigo?
¿Soy ético… o simplemente tengo miedo?
Y una moral basada en el miedo no es moral: es supervivencia emocional.
No hay virtud en obedecer con la garganta apretada.
Peor aún: el infierno infantil no desaparece al crecer. Se queda como eco. Se transforma en angustia, en autocensura, en culpa crónica. Un firewall emocional que bloquea ideas nuevas “por si acaso”.
Educar debería ser lo contrario:
enseñar a elegir incluso cuando nadie castiga,
a actuar bien incluso sin recompensa,
a pensar sin pedir absolución.
Una ética madura no necesita fuego eterno como respaldo.
Necesita empatía, razones, consecuencias reales en este mundo real.
Harris no propone criar niños sin límites, sino sin terrores innecesarios.
Porque un niño que actúa por miedo no es bueno: está domesticado.
Y una sociedad de adultos domesticados es fácil de gobernar, fácil de manipular, fácil de asustar.
Al final, la pregunta no es teológica, es ética:
¿qué clase de humanidad estamos formando cuando enseñamos que el amor viene acompañado de amenaza?
Quizá ya va siendo hora de jubilar al infierno como método educativo.
Apagar el fuego.
Y dejar que la moral aprenda a caminar sin gasolina espiritual.
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