martes, 3 de febrero de 2026

 


Kathrine Switzer: correr como quien abre una grieta en la historia


Kathrine Switzer no ganó una medalla olímpica aquel día de 1967 en Boston. Ganó algo más incómodo y duradero: el derecho a existir en la carrera. Corrió 42 kilómetros y 195 metros con un dorsal que decía 261, pero lo que realmente llevaba puesto era una herejía. En esa época, el deporte —como tantas otras cosas— venía con letrero invisible: prohibido mujeres. Ella lo leyó, sonrió con calma, y salió corriendo.

Su legado no es atlético en el sentido estrecho. No es solo resistencia física, sino resistencia histórica. Switzer convirtió el cuerpo femenino en argumento político: sudando, jadeando, insistiendo. Mientras un oficial intentaba arrancarle el número —esa escena grotesca, casi caricaturesca del patriarcado en pants—, ella siguió avanzando. Porque el poder siempre se delata cuando entra en pánico ante una mujer que no pide permiso.

Correr, en su caso, fue una forma de escritura. Cada zancada tachó una frase del viejo manual: “las mujeres no pueden”, “las mujeres no deben”, “las mujeres se dañan”. Switzer demostró que lo que realmente se daña cuando una mujer corre es el mito. Y los mitos, cuando se agrietan, hacen un ruido precioso.

Después vino lo más difícil: no quedarse en el gesto simbólico. Switzer entendió que el heroísmo aislado es bonito, pero insuficiente. Así que empujó estructuras, organizó maratones femeninos, presionó a instituciones, habló el idioma burocrático sin perder el pulso poético. Gracias a esa terquedad, el maratón femenino entró a los Juegos Olímpicos en 1984. Tardaron casi dos décadas. El sistema siempre llega tarde a su propia corrección.

Su legado nos recuerda algo incómodo y necesario: los derechos no se conceden por buena educación, se arrancan con constancia. A veces con pancartas, a veces con leyes, y a veces —deliciosamente— con tenis y una convicción absurda de que el mundo puede cambiar si sigues avanzando cuando te dicen que te detengas.

Kathrine Switzer no solo abrió una carrera para las mujeres; abrió una pregunta permanente para la historia:
¿quién está corriendo hoy donde se supone que no debería?
Ahí, justo ahí, suele empezar el futuro. 

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