Mantén tus manos abiertas y toda la arena del desierto podrá pasar a través de ellas. Ciérralas y todo lo que podrás sentir es un poco de polvo.
TAISEN DESHIMARU
Taisen Deshimaru nos deja una imagen simple y afilada, como koan con navaja:
Manos abiertas: el desierto entero fluye.
Manos cerradas: te quedas con mugre… y calambres.
La frase habla de apego, pero sin incienso ni voz solemne.
Dice algo brutalmente cotidiano:
cuando intentas poseer la vida, se te vuelve polvo;
cuando la dejas pasar, la experimentas completa.
Querer
retener —una idea, una persona, una certeza, un “yo”— es como cerrar el
puño frente al viento.
El gesto es infantil, casi tierno… y
completamente inútil. El mundo no está hecho para ser agarrado, sino
atravesado.
El truco zen (que no es truco) es este:
la apertura no pierde, la posesión empobrece.
El control promete seguridad y entrega ansiedad.
La soltura parece riesgo y resulta abundancia.
Y hay ironía fina:
con las manos abiertas no te quedas con nada,
pero no te falta nada.
Con las manos cerradas crees tener algo,
pero es apenas polvo… y la sospecha de que ya lo sabías.
Deshimaru, en resumen, te dice sin rodeos ni terapia:
deja de apretar la vida como si fuera jabón mojado.
No se escapa.
Se vive.
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