La felicidad, esa palabra que antes pesaba como un secreto y ahora flota como un globo publicitario, ha sido víctima de su propio éxito. Pasó de ser una pregunta filosófica —incómoda, lenta, casi insoluble— a un producto de góndola, con código de barras y promesa de resultados en 30 días o te devolvemos la frustración.
Cuando algo se pone de moda, deja de doler. Y cuando deja de doler, deja de pensar.La felicidad, hoy, ya no se busca: se consume.
La industria del bienestar hizo lo que mejor sabe hacer el capitalismo tardío: tomar una experiencia humana ambigua, contradictoria y frágil… y simplificarla hasta dejarla irreconocible. La felicidad ya no es un estado raro, fugaz, a veces incluso sospechoso; ahora es una obligación moral. Si no eres feliz, algo estás haciendo mal. No el sistema, no las condiciones materiales, no la precariedad: tú. Culpa individual, envase reciclable.
Así, la felicidad se volvió sonrisa de stock, mantra en taza, frase luminosa sobre un abismo estructural. Se volvió performance. Hay que parecer feliz, aunque por dentro el alma esté en modo avión. La tristeza, antes legítima, hoy es vista como una falla de carácter o, peor, como una mala gestión emocional. Triste = poco productivo. Y eso sí que no.
La paradoja es deliciosa —y cruel—: nunca se habló tanto de felicidad y nunca se estuvo tan exhausto. Porque cuando la felicidad se convierte en meta permanente, deja de ser regalo y pasa a ser tiranía. Un régimen blando, sonriente, que no necesita policías: basta con influencers.
En este contexto, la palabra “felicidad” se ha vaciado de espesor. Ya no nombra una experiencia profunda sino un estado instagramizable, breve, brillante y olvidable. Se confunde con placer, con éxito, con dopamina. Se mide en likes, en logros, en productividad emocional. Y lo que no se puede mostrar, no cuenta.
Quizá por eso la felicidad auténtica hoy sea subversiva. No la que grita, sino la que no se vende. La que aparece sin aviso, dura poco y no pide testigos. La que convive con la tristeza sin expulsarla. La que no promete nada.
Tal vez haya que devolverle a la felicidad su antiguo prestigio: el de ser rara, incompleta y no obligatoria. Sacarla del mercado, bajarla del eslogan y volver a tratarla como lo que siempre fue: una visita inesperada, no un contrato de permanencia.
Porque cuando la felicidad se convierte en industria, deja de ser experiencia.
Y cuando deja de ser experiencia, solo queda el envase. Vacío. Sonriente. Y caro.
Jose Antonio Marina
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