Hay versos que no describen: revelan.
Javier Heraud no está hablando de la muerte como un final, sino como un ingrediente. No algo que llega, sino algo que ya está en nosotros, mezclado con el pulso mismo de la vida.
“Un trozo de muerte y de camino.”
Es una afirmación incómoda. Nos gusta pensar que estamos hechos de futuro, de posibilidades abiertas, de tiempo por delante. Pero Heraud nos recuerda que también estamos hechos de límite. Cada decisión que tomamos mata otras posibilidades. Cada día vivido es un día que ya no volverá. Hay una muerte silenciosa ocurriendo en cada instante: la de lo que no fue, la de lo que dejamos atrás, la de lo que ya no seremos.
Y sin embargo, no es una visión trágica: es una visión lúcida.
Porque el “camino” no está separado de ese trozo de muerte. No hay trayecto sin pérdida. No hay crecimiento sin renuncia. Vivir no es acumular, es elegir… y elegir es descartar. Por eso el camino no es limpio: está lleno de restos invisibles, de versiones nuestras que quedaron en el suelo como hojas secas.
Luego viene la imagen más poderosa: “uno siempre es río, o canto, o lágrima cubierta”.
Ser río es fluir, no aferrarse a ninguna forma fija. El río nunca es el mismo, y sin embargo sigue siendo río. Ahí hay una lección profunda: la identidad no es una cosa sólida, es un proceso. Somos cambio continuo, aunque nos empeñemos en definirnos como si fuéramos estatuas.
Ser canto es otra cosa: es transformar la experiencia en expresión. El canto no elimina el dolor, pero lo vuelve forma, lo vuelve algo compartible. Es la posibilidad de que lo vivido no se pierda del todo, de que tenga resonancia más allá de uno mismo.
Y ser “lágrima cubierta” es quizás lo más humano: el dolor que no siempre se muestra, la tristeza que se guarda, la fragilidad que se disfraza. No todo lo que somos se dice. Hay una parte de nosotros que permanece velada, incluso para nosotros mismos.
En conjunto, el verso sugiere algo radical: no somos entidades estables ni coherentes. Somos una tensión constante entre lo que fluye, lo que se expresa y lo que se oculta; entre lo que vive y lo que ya está muriendo.
Aceptar eso no es deprimente. Es liberador.
Porque si ya estamos hechos de muerte, entonces el miedo a morir pierde su absolutismo. Y si somos camino, entonces no estamos obligados a ser siempre lo mismo. Podemos cambiar, desviarnos, empezar de nuevo.
Tal vez la verdadera sabiduría no consiste en evitar esa mezcla, sino en habitarla con dignidad: fluir como río cuando sea necesario, cantar cuando la vida lo permita… y reconocer, sin vergüenza, las lágrimas que llevamos cubiertas.

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