lunes, 23 de marzo de 2026


 Durante el estreno de su obra A Streetcar Named Desire en 1947, Williams estaba tan nervioso que no pudo quedarse a ver la función completa. Se salió del teatro y se fue a caminar por las calles de Nueva York, completamente atormentado, convencido de que la obra sería un desastre.

Se metió en un bar y pidió un trago tras otro, tratando de calmar la ansiedad. Mientras tanto, en el teatro, la obra estaba causando un impacto enorme. El público estaba fascinado.

Cuando finalmente regresó —ya avanzada la función—, alguien le dijo: “Tennessee, esto es un éxito”. Pero él no lo creyó de inmediato. Estaba tan acostumbrado a la inseguridad y al rechazo que le costaba aceptar el triunfo.

Esa noche terminó cambiando su vida: la obra no solo fue un éxito rotundo, sino que lo convirtió en uno de los dramaturgos más importantes del siglo XX.

Lo interesante aquí no es solo el dato curioso, sino lo que revela: incluso alguien que escribió personajes tan intensos y lúcidos sobre el deseo, la fragilidad y la locura… estaba lleno de dudas.

Williams decía algo que encaja perfecto con esta escena: que escribir era como “quitarse la piel”. Y esa noche, literalmente, no pudo soportar ver su propia herida expuesta en el escenario.

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