En 1923, siendo muy joven, Malraux viajó a Camboya (entonces parte de la Indochina francesa). Fascinado por el arte jemer, decidió —con una mezcla de romanticismo, arrogancia y ambición— llevarse unos relieves de un templo antiguo, específicamente de Banteay Srei.
Su idea era arrancarlos y venderlos en Europa como piezas de arte.
Pero lo atraparon.
Fue arrestado y condenado por saqueo arqueológico. Este episodio pudo haber destruido su reputación para siempre… pero ocurrió algo curioso: en lugar de hundirlo, lo convirtió en una figura polémica y casi legendaria en los círculos intelectuales franceses.
Con el tiempo, ese mismo hombre terminaría siendo Ministro de Cultura de Francia bajo Charles de Gaulle.

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