viernes, 27 de marzo de 2026

 Cuando era joven leí Guerra y paz de Tolstói, a una edad muy temprana, demasiado. Pero el verdadero impacto de esta gran novela se produjo después, junto con el que me causaron otros escritores rusos, novelistas y pensadores sociales, de mediados del siglo XIX. Estos escritores influyeron mucho en mi punto de vista. 

A mí me pareció, y sigue pareciéndome, que su objetivo primordial no era elaborar relatos realistas de las vidas y las relaciones que mantenían entre sí individuos o grupos sociales o clases, no el análisis psicológico o social como un valor en sí, aunque, por supuesto, los mejores de ellos lograsen exactamente eso, de un modo insuperable. 

A mí su enfoque me pareció esencialmente moral: les interesaba sobre todo saber a qué podían atribuirse la injusticia, la opresión, la falsedad en las relaciones humanas, el encarcelamiento con muros de piedra o con el conformismo (sumisión resignada a yugos construidos por el hombre), la ceguera moral, el egoísmo, la crueldad, la humillación, el servilismo, la pobreza, el desvalimiento, la amarga indignación, la desesperación de tantos. 

Les interesaba, en suma, el carácter de esas experiencias y sus raíces en la condición humana; la condición de Rusia en primer término, pero, implícitamente, la de toda la humanidad. Y querían saber, por otra parte, qué podría traer lo contrario de eso, un reino de verdad, amor, sinceridad, dignidad humana, honradez, independencia, libertad, plenitud espiritual.

Algunos, como Tolstói, buscaron esto en el punto de vista de la gente sencilla, no contaminada por la civilización. Tolstói quiso creer, como Rousseau, que el universo moral de los campesinos no era distinto al de los niños, que no estaba deformado por las convenciones e instituciones de la civilización, que nacían de los vicios humanos: codicia, egoísmo, ceguera espiritual; que el mundo podía salvarse si los hombres eran capaces de ver la verdad que yacía a sus pies; podrían hallarla, si se molestaban en mirar, en los evangelios cristianos, en el Sermón de la Montaña. 
Otros miembros de este grupo de rusos depositaban su fe en el racionalismo científico, o en la revolución social y política basada en la teoría verdadera del cambio histórico. Otros, por su parte, buscaban soluciones en las enseñanzas de la teología ortodoxa, o en la democracia liberal de Occidente, o en una vuelta a antiguos valores eslavos, marginados por las reformas de Pedro el Grande y de sus sucesores.
Lo que tenían en común todas estas posiciones era la creencia de que existían soluciones a los problemas básicos, que uno podía descubrirlas y, con un esfuerzo generoso suficiente, aplicarlas en este mundo. Todos creían que la esencia de los seres humanos radicaba en ser capaces de elegir cómo vivir; las sociedades podían transformarse según ideales verdaderos en los que se creyese con un fervor y una resolución suficientes. 
Si, como Tolstói, pensaban a veces que el hombre no era verdaderamente libre sino que se hallaba determinado por factores que escapaban a su control, sabían de sobra, como él, que si la libertad era una ilusión, era una ilusión sin la cual no podía uno vivir ni pensar. 
Isaiah Berlín 

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