viernes, 13 de marzo de 2026

 Las tropas de Franco avanzaban sobre Barcelona. El doctor Mira se quedaría en Barcelona unos días más para dirigir la evacuación de las clínicas, sería de los últimos en abandonar el barco.

De madrugada, un 24 de enero se formó el convoy, utilizando los coches oficiales de varios médicos amigos. 
Atravesaron Girona y se refugiaron en Figueres, atestada de coches. En aquel momento, quedaban allí restos de la administración de la Generalitat. Las niñas de la familia Mira estaban muertas de miedo. Atrapadas en mitad de un atasco monumental, eran un blanco perfecto. 
El rumor de motores que tan bien conocían se acercaba por el cielo. Al salir de Figueres, los cazas se lanzaron en vuelo rasante y ametrallaron la caravana. Los fugitivos corrieron a esconderse en la cuneta. Para proteger sus tímpanos, las niñas se colocaban un palito entre los dientes. 
Cuando por fin divisaron los Pirineos, la familia sintió cerca la salvación. Todavía de noche, la familia llegó a Port Bou cuando estalló una fuerte lluvia. A sus más de 70 años, la abuela iba con un brazo ensayado. Tuvieron que pasar la noche en el coche, junto al chófer. Apenas durmieron, sobresaltadas por el repiqueteo del agua sobre el techo metálico. 
La gente, enfadada por carecer de refugio, les tiraba piedras. En aquellos días, muchos niños murieron debido al frío. Por la mañana, un gendarme le arrebató a la jovencita Pilar una gramola portátil y la estrelló contra el suelo.
—Vosotros, los españoles no necesitáis diversión —se justificó, malhumorado.
No eran bien recibidos. El grupo se dividió. Una vez en Perpiñán, las más vulnerables tomaron un tren a París. Monserrat, la más pequeña, la madre y la abuela llegaron las primeras. Después, se reunieron con ellas las dos hermanas adolescentes.
Don Emilio abandona España:
«Éxodo de un millón de personas…»

Mientras tanto, el chófer había regresado a Barcelona para recoger a Mira. 
A los pocos días, al fin pudieron abrazarle en París. La pequeña Monserrat recordaría toda su vida esta imagen de su padre. Después de muchas penalidades, parecía otra persona. Envejecido, plagado de canas, flaco como un esqueleto, agotado moralmente. No necesitaba verbalizarlo, lo llevaba escrito en la cara. 
La República estaba liquidada, ya no existía. Años después, hacia 1950, en una entrevista publicada en la revista argentina Nuestros hijos, le preguntaron a Mira:
—¿Cuál es su recuerdo más vívido?
—Mi recuerdo más vivo… —Mira bajó la voz—. La salida, el éxodo, el éxodo brutal de casi un millón de personas por los Pirineos al perderse la guerra en el frente catalán en 1939…
Hasta el último segundo, Mira mantuvo la fe en el triunfo de la República. De un día para otro, todo se derrumbó. Un éxodo incontenible se dirigió a la frontera con Francia. La presencia del ejército de África, de los moros, causaba terror. Todos habían oído hablar de venganzas y represalias contra poblaciones indefensas. La gente lo intuía, el odio había sustituido a la piedad. Por todos los medios imaginables, Mira y otros responsables trataban de detener la marea humana.
—Muchas personas intentábamos convencer a la gente de que no había ningún peligro —recordó Mira—. No habían tenido participación en el movimiento. Creíamos que las promesas del ejército de Franco se cumplirían.
Los argumentos de Mira no tuvieron ningún éxito. La huida fue espantosa. Nadie podía contener la desbandada. El 15 de febrero, Mira cruzó la frontera de los Pirineos y se refugió en Francia. En este momento de la entrevista, Mira se quedó pensativo. «Por sus ojos bondadosos —escribió el periodista— pasa una sombra de tristeza». Hasta que se repone y continúa…
—La avalancha de medio millón de personas creaba un problema a la administración francesa. Los españoles no pretendíamos ser alojados en cómodos hoteles, pero… por supuesto, tampoco el ensañamiento. Los franquistas propagaron la especie de que todos los refugiados eran comunistas, despertando el odio de cierta clase de personas. No perdían la oportunidad de hacer a los refugiados de la República más víctimas aún. 
Jose T Boyano

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