miércoles, 25 de marzo de 2026


 Hay algo profundamente incómodo en esa frase de Dante Alighieri, porque no describe solo a los ricos, ni a los poderosos, ni a los corruptos… nos describe a todos en potencia.

La avaricia no es simplemente querer más. Es no saber detenerse. Es una falla en el mecanismo interno que debería decir: “basta”. Como si el alma, en lugar de saciarse, se hubiera vuelto incapaz de reconocer la saciedad. Comes… y en lugar de sentir plenitud, aparece un vacío más grande. Obtienes… y en vez de descansar, se activa una nueva carencia.

Ahí está lo perverso: la avaricia promete satisfacción, pero en realidad se alimenta de la insatisfacción. Es un motor que necesita estar siempre encendido, siempre deseando, siempre persiguiendo algo que, en el fondo, no quiere alcanzar del todo. Porque si lo alcanzara, moriría.

Por eso el avaro no disfruta. Posee, pero no habita lo que posee. Acumula, pero no vive. Su relación con el mundo no es de encuentro, sino de captura. Todo se convierte en objeto: dinero, tiempo, incluso las personas. Y en ese proceso, sin darse cuenta, se va empobreciendo por dentro.

Hay una ironía trágica: quien más tiene, puede ser quien más hambre siente.

Y tal vez ahí está la advertencia de Dante, más vigente que nunca: el problema no es cuánto tenemos, sino qué tipo de hambre nos gobierna.

 Porque hay hambres que nutren —las del conocimiento, el amor, la creación— y hay hambres que devoran incluso a quien las padece.

La pregunta incómoda, no es si somos avaros… sino en qué momentos de nuestra vida empezamos a tener hambre justo después de haber comido.

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