C. S. Lewis: el hereje que regresó por la puerta de atrás
Lewis no creía.O creyó que no creía.
Y ahí empezó todo.
Era un ateo con biblioteca ordenada,
un racionalista con el corazón desalineado,
un hombre que pensaba que Dios era una mala hipótesis
y terminó descubriendo que era la única historia
que no se dejaba desmontar.
Lewis llegó a la fe como quien llega a una casa ajena
siguiendo huellas en la nieve,
refunfuñando,
con los bolsillos llenos de objeciones
y el orgullo haciendo ruido como llaves viejas.
Decía que el cristianismo no era “bonito”,
era verdadero.
Y si dolía, mejor:
la verdad no acaricia, sacude.
No da palmaditas en la espalda,
te empuja al espejo.
Su genio fue entender algo simple y peligroso:
la razón no basta,
pero sin ella la fe es puro humo.
Así que escribió como quien tiende un puente
entre la lógica y el asombro,
entre el argumento y el mito,
entre el adulto que duda
y el niño que todavía cree en leones que hablan
(mejor aún: leones que mueren y regresan).
Lewis no predicaba desde el púlpito,
sino desde la mesa de té,
con humor británico y precisión quirúrgica.
Te decía:
—Si Cristo no es Dios, no es un buen maestro.
Es un loco… o algo peor.
Y luego sonreía,
como quien deja una bomba lógica
debajo del sillón del lector.
En Las Crónicas de Narnia entendió lo que muchos teólogos olvidan:
que el mito no miente,
traduce.
Que la imaginación no es enemiga de la verdad,
es su idioma secreto.
Lewis escribió para incrédulos cansados
y creyentes adormecidos.
Para quienes sospechan que el mundo es más grande
que sus certezas
y más profundo
que su cinismo.
Murió sin hacer ruido,
como viven los que ya dijeron lo esencial.
Pero sigue ahí,
tocando la puerta de la razón moderna,
susurrando con ironía:
—Tal vez no estás tan solo como crees.
Tal vez el anhelo que te incomoda
es una pista.
Y entonces, sin darte cuenta,
ya estás dentro de la casa.
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