Allá por 1860, el alemán August Kekulé (1829-1896) ya se había hecho famoso por haber «soñado» la forma en la que los átomos de carbono se enlazan con los de hidrógeno dentro de las moléculas orgánicas.
Y cuando decimos soñado, lo decimos de forma literal. Durante su estancia en Londres, y después de una discusión acerca de estos misterios con un colega, Kekulé se quedó dormido en el carruaje de caballos que lo llevaba a la pensión en la que residía.
Entonces, y según sus propias palabras, «los átomos retozaron delante de mis ojos» y, cuando despertó, fue capaz de desarrollar rápidamente una teoría para la estructura de las moléculas.
Pero más fascinante aún fue lo que le sucedió años después.
Hacia 1865, los químicos estaban desconcertados con la molécula de benceno, un compuesto orgánico integrado por 6 átomos de carbono y otros 6 de hidrógeno, que no había forma de encajar dentro de ninguna de las estructuras entonces conocidas.
En esta ocasión, el químico alemán se quedó dormido en el sillón, delante de la chimenea. De pronto:
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