En la segunda mitad del siglo XX, el filósofo francés Michel Foucault escribió largo y tendido sobre la relación entre poder y conocimiento; actualmente, la relación entre poder e ignorancia requiere de idéntica atención.
Las personas siempre han encontrado maneras de cerrar los ojos, los oídos y la boca para ignorar, negar o denegar información que les resulte perturbadora.Se identifican, por ejemplo, con un líder
aunque su discurso esté plagado de mentiras.
La diferencia en estos
tiempos de la «posverdad» es el auge de la «inercia cognitiva», esto es,
el aumento de la indiferencia ante qué es verdad y qué es mentira.
Esta
indiferencia va ligada a la imposibilidad de saber, más que a una
simple indisposición a aprender.
Si nos fijamos en cómo se transmiten
las noticias falsas (fake news) a través de internet, vemos lo difícil
que a menudo resulta identificar sus fuentes o qué se pretende conseguir
con ellas.
En agosto de 2017, por ejemplo, una campaña en Twitter con
la etiqueta #borderfreecoffee («café sin fronteras») creó una promoción
falsa de Starbucks en la que la cadena presuntamente ofrecería a los
inmigrantes ilegales un Frappuccino gratis en sus locales de todo
Estados Unidos en una fecha concreta.
Starbucks tuvo que emplearse a
fondo para convencer a sus clientes de que aquella oferta era un bulo.
Algunos pensaban que tal vez hubiera sido iniciativa de jáqueres
proinmigrantes. La realidad, sin embargo, era la contraria. El engaño
había sido pergeñado por personas contrarias a la inmigración que
creyeron que sería muy buena idea atraer a inmigrantes ilegales con ese
cebo hacia sitios concretos y, luego, cuando estuvieran ya esperando en
la cola, llamar a la policía para que los arrestaran.
Aunque algunas
campañas de noticias falsas responden a una finalidad política o
económica subyacente, muchas no pasan de ser herramientas para conseguir
más clics y aumentar así los ingresos obtenidos por publicidad.
No es
extraño, pues, que, con la proliferación de las fake news, esté en alza
también la desconfianza ante todas las fuentes de noticias.
La
indiferencia y la ignorancia en tales casos funcionan como un escudo
protector para el individuo actual, que continuamente tiene que valorar
qué información es fiable y cuál no.
Como ha señalado William Davis al
respecto, este hecho se convierte en un problema político de primer
orden desde el momento en que el público se vuelve contra todas las
representaciones y los «encuadres» de la realidad que ven u oyen en los
medios de comunicación, convencido de que todos son igual de
tendenciosos, ya que, a partir de ese momento, las personas creen, o
bien que la verdad no existe, o bien que existen —fuera de los canales
de comunicación política normales— otras formas de acceso a la verdad,
más puras, sin intermediarios.
Renata Salecl
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