jueves, 12 de marzo de 2026

 The simple act of opening a bottle of wine has brought more happiness to the human race than all the collective governments in the history of earth

Jim Harrison -

Jim Harrison suelta esa frase como quien descorcha una verdad incómoda : sin protocolo, sin himnos, sin decretos. 
Y el vino —humilde alquimista— hace el resto.

¿Qué está diciendo, en el fondo?

Primero, una bofetada elegante al poder.
Los gobiernos prometen felicidad colectiva y entregan formularios, banderas y paciencia infinita. El vino no promete nada: solo está ahí, rojo o blanco, y cumple. 
No necesita ideología ni campaña. 
Funciona en silencio, como los buenos placeres.

Segundo, una defensa del goce concreto frente a la abstracción.
La felicidad estatal es un concepto gordo y resbaloso; la felicidad del vino es pequeña, inmediata, táctil. 
Se sirve en copa, no en discursos. 
Harrison parece decirnos: el ser humano no vive de utopías, vive de momentos. 
Y ahí el Estado siempre llega tarde.

Tercero, comunidad sin burocracia.
Abrir una botella suele implicar otro cuerpo cerca: amigos, amantes, desconocidos que dejan de serlo. El vino crea comunidad sin necesidad de ministerio. Une lenguas, afloja verdades, desarma jerarquías. Un sorbo y ya todos somos un poco más iguales.
Cuarto, una ética hedonista sin culpa.
No es un llamado a la borrachera, sino al placer vivido sin pedir permiso. 
Frente a gobiernos que regulan, moralizan y castigan, el vino propone una rebelión mínima: disfrutar. 
Nada más subversivo que eso.
En resumen —y sin rodeos—:
Harrison no dice que el vino sea mejor que la política. 
Dice algo más cruel: que la política ha fracasado tanto en hacernos felices que una botella abierta la deja en ridículo.
El Estado administra.
El vino acompaña.
Y a veces, eso basta para salvar la noche… y un poco la vida. 

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