The simple act of opening a bottle of wine has brought more happiness to the human race than all the collective governments in the history of earth
Jim Harrison -
Jim Harrison suelta esa frase como quien descorcha una verdad incómoda : sin protocolo, sin himnos, sin decretos.
Y el vino —humilde alquimista— hace el resto.
¿Qué está diciendo, en el fondo?
Primero, una bofetada elegante al poder.
Los
gobiernos prometen felicidad colectiva y entregan formularios, banderas
y paciencia infinita. El vino no promete nada: solo está ahí, rojo o
blanco, y cumple.
No necesita ideología ni campaña.
Funciona en
silencio, como los buenos placeres.
Segundo, una defensa del goce concreto frente a la abstracción.
La
felicidad estatal es un concepto gordo y resbaloso; la felicidad del
vino es pequeña, inmediata, táctil.
Se sirve en copa, no en discursos.
Harrison parece decirnos: el ser humano no vive de utopías, vive de
momentos.
Y ahí el Estado siempre llega tarde.
Tercero, comunidad sin burocracia.
Abrir
una botella suele implicar otro cuerpo cerca: amigos, amantes,
desconocidos que dejan de serlo. El vino crea comunidad sin necesidad de
ministerio. Une lenguas, afloja verdades, desarma jerarquías. Un sorbo y
ya todos somos un poco más iguales.
Cuarto, una ética hedonista sin culpa.
No
es un llamado a la borrachera, sino al placer vivido sin pedir permiso.
Frente a gobiernos que regulan, moralizan y castigan, el vino propone
una rebelión mínima: disfrutar.
Nada más subversivo que eso.
En resumen —y sin rodeos—:
Harrison
no dice que el vino sea mejor que la política.
Dice algo más cruel: que
la política ha fracasado tanto en hacernos felices que una botella
abierta la deja en ridículo.
El Estado administra.
El vino acompaña.
Y a veces, eso basta para salvar la noche… y un poco la vida.
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