La enfermedad no siempre nace en el cuerpo. A veces nace en una reunión, con café aguado, powerpoints y corbatas flojas.
Alguien levanta la mano y dice: “¿Y si esto también fuera un trastorno?”
Y zas: diagnóstico
nuevo, mercado virgen, patente en camino.
La timidez, pobre criatura,
pasó de ser un rasgo humano —una manera lenta de habitar el mundo— a
convertirse en plaga clínica.
Antes era silencio; ahora es síntoma.
Antes era pudor; ahora es fobia social, con apellido técnico y prospecto
de ocho páginas. El DSM no describe: consagra. No observa: bautiza. Y
lo que no tiene nombre no existe, pero lo que lo tiene… factura.
La
gran alquimia contemporánea no convierte plomo en oro, sino rasgos en
patologías.
El truco es elegante: se toma una incomodidad común, se
exagera con lupa científica, se envuelve en jerga griega y se vende como
urgencia médica. El mensaje es claro y cruel: si no encajas, estás
enfermo; si estás enfermo, compra; si compras, obedeces. Amén.
Aquí
la salud deja de ser bienestar y se vuelve rendimiento.
Estar sano ya no es vivir bien, sino funcionar sin fricciones en la maquinaria social. Hablar en público, sonreír en reuniones, venderse como detergente emocional.
El tímido no sufre por ser tímido, sino porque el mundo exige
extroversión como requisito de ciudadanía. No es la persona la que
falla: es el sistema el que no tolera el silencio.
La industria
farmacéutica no necesita conspirar: le basta con seguir la lógica del
mercado. Donde hay malestar, hay oportunidad.
Donde hay incertidumbre, hay píldora. Y donde hay miedo a no ser “normal”, hay una receta esperando. La mala salud, es un negocio saludable.
La
enfermedad es rentable; la cura, opcional.
Pero hay algo más
inquietante: cuando medicalizamos todo, dejamos de preguntarnos por qué
duele vivir así.
Si la ansiedad es individual, no hay que cambiar el mundo; basta con cambiar la química cerebral.
Si el problema está en ti,
el sistema queda absuelto. La pastilla no solo calma: también silencia
preguntas incómodas.
Tal vez no se trate de negar la medicina
—bendita cuando alivia—, sino de sospechar de sus excesos. De recordar
que no todo lo que incomoda es patológico, y que no toda tristeza pide
receta. Algunas cosas piden tiempo.
O comunidad.
O sentido.
O, simplemente, permiso para ser distintos.
Porque si seguimos este camino, el único verdaderamente sano será el que no sienta nada.
Y eso, más que salud, se parece peligrosamente a una anestesia general… pero con intereses compuestos

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