martes, 31 de marzo de 2026

 Los mejores no tienen convicción, y los peores

rebosan de febril intensidad.

Ese verso de Yeats es un relámpago con mala leche.

 Dice esto, sin anestesia:
Los mejores —los lúcidos, los éticos, los que dudan porque piensan—
no tienen convicción:
ven la complejidad, sospechan de las verdades absolutas, se frenan.
Piensan tanto que se quedan quietos.
La inteligencia les pone el freno de mano.

En cambio, los peores —los dogmáticos, los fanáticos, los simplistas—
rebosan de febril intensidad:
gritan, marchan, ordenan, matan si hace falta.
No dudan. No piensan. Creen.
Y creen con fiebre, como quien confunde fe con gasolina.

Yeats está diagnosticando una tragedia política y moral:
el mundo no lo gobiernan los más capaces,
sino los más seguros de estar en lo correcto.

Los buenos callan porque saben que podrían equivocarse.
Los malos actúan porque jamás lo consideran.

Es un verso que huele a siglo XX… y sigue fresco, tristemente, en el XXI.
Cuando la razón susurra y el fanatismo grita,
la historia suele obedecer al que grita.
Poesía como electroshock: breve, hermosa y brutal. 

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