miércoles, 25 de marzo de 2026



 

Hay una anécdota de Arthur Miller que revela mucho de su carácter y de su relación con el poder.

Durante la época del macartismo, en plena paranoia anticomunista en Estados Unidos, Miller fue llamado a declarar ante el Comité de Actividades Antiestadounidenses. La práctica común era clara: si querías salvarte, dabas nombres de otros supuestos simpatizantes comunistas.

Miller hizo algo que, en ese contexto, era casi un acto de rebeldía moral.

Respondió todas las preguntas sobre sí mismo… pero se negó a dar nombres de otras personas.

Le dijeron que su carrera podía venirse abajo, que podía ser vetado, castigado. Y él respondió, en esencia: no iba a usar el nombre de otra persona para salvar el suyo.

Ese gesto le costó una condena por desacato (que después fue anulada), pero lo más importante es lo que revela: Miller no solo escribió sobre la integridad y la culpa en obras como Las brujas de Salem, sino que vivió exactamente ese conflicto en carne propia.

De hecho, esa obra es una alegoría directa de esa cacería de brujas moderna: no se trataba de demonios, sino del miedo, la delación y el poder.

Hay algo profundamente coherente en él: no era solo un escritor que denunciaba la histeria colectiva… era alguien dispuesto a pagar el precio de no someterse a ella.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Archivo del blog

Buscar este blog