lunes, 23 de marzo de 2026

 La medicina, en su lucha presuntamente prometeica contra el destino finito del hombre, ha perdido mucho de la nobleza que le concede su historia porque, con la excusa de servir a un buen propósito, se ha aliado con quienes la han convertido en una industria deshumanizada, más preocupada por los beneficios y el impacto mediático que por la salud y la calidad de vida de la ciudadanía. 

El siglo XXI vive de espaldas a la muerte y paga un alto precio por ello. 

Antonio Sitges 


1. “La lucha prometeica”
Sitges invoca a Prometeo por una razón precisa: la medicina moderna ya no solo quiere curar, quiere vencer al destino. No acepta el límite. La muerte deja de ser condición humana y pasa a ser vista como fracaso técnico. Ahí hay un cambio civilizatorio brutal: el médico deja de acompañar al paciente y pasa a competir contra la finitud. Y toda competencia necesita récords, titulares, estadísticas… no personas.

2. Pérdida de nobleza histórica
La medicina nace como vocación, como arte del cuidado. Hipócrates no prometía inmortalidad, prometía no dañar. Sitges señala que esa nobleza se erosiona cuando la medicina se fusiona con la lógica industrial: protocolos rígidos, tiempos cronometrados, pacientes convertidos en “casos”, “camas”, “números de expediente”. No es que los médicos sean villanos; es que el sistema los empuja a ser gestores de cuerpos, no cuidadores de vidas.

3. “La excusa del buen propósito”
Aquí está el veneno fino del texto. Todo se justifica en nombre del bien: innovación, avance científico, esperanza. Pero el “buen propósito” se vuelve coartada para alianzas peligrosas: farmacéuticas, aseguradoras, marketing sanitario, medicina espectáculo. 
Se vende la ilusión de control total mientras se mercantiliza la fragilidad humana
La salud deja de ser un derecho vivido y pasa a ser un producto optimizado.

4. Impacto mediático vs calidad de vida
Sitges clava el bisturí en una llaga contemporánea: importa más parecer que salvar, más el logro técnico que el bienestar real. Se prolonga la vida biológica aunque la vida humana —dignidad, autonomía, sentido— esté hecha pedazos. 
Se confunde alargar el tiempo con mejorar la vida. Y eso no es medicina: es obstinación tecnológica.

5. Vivir de espaldas a la muerte
Esta es la tesis de fondo. 
El siglo XXI niega la muerte, la esconde, la medicaliza hasta hacerla irreconocible. 
Ya no sabemos morir ni acompañar al que muere. 
Y el precio es altísimo: miedo crónico, tratamientos inútiles, sufrimiento innecesario, familias rotas por falsas esperanzas. 
Cuando una sociedad no acepta la muerte, tampoco sabe valorar la vida.

6. Lo que el texto exige, sin decirlo
Sitges no pide menos ciencia. Pide más humanidad. Pide una medicina que vuelva a reconocer el límite, que se atreva a decir “no todo se puede, no todo se debe”. Una medicina que no vea la muerte como enemiga, sino como parte del relato humano.

En el fondo, este texto no habla solo de médicos. Habla de nosotros:
de una civilización que quiere vivir para siempre,
pero ya no sabe para qué vivir.

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