domingo, 8 de marzo de 2026

Mario Benedetti no escribió poemas: escribió refugios.

Refugios para el amor 
cuando el mundo se volvía inhóspito,
para la dignidad 
cuando la política se volvía cinismo,
para la ternura
cuando la historia exigía puños cerrados.

Benedetti entendió algo que muchos intelectuales desprecian:
que la vida cotidiana también es un campo de batalla.
El escritorio gris, el sueldo insuficiente,
el amor que llega cansado del trabajo,
la esperanza que duda pero no se rinde.
Ahí ocurre la épica benedettiana:
no en los palacios, no en los héroes marmóreos,
sino en la gente común que insiste en no volverse miserable.

Su poesía habla en voz baja,
pero esa voz baja erosiona al poder.
Porque el poder necesita solemnidad, distancia, miedo.
Benedetti, en cambio, se sienta contigo,
te tutea, te entiende,
y sin darte cuenta te devuelve la valentía.

Cuando dice “defender la alegría”
no está escribiendo una frase bonita para una taza:
está lanzando una consigna política.
Defender la alegría del cinismo,
de los que mandan,
de los que convierten la resignación en virtud.
La alegría, en Benedetti, no es evasión:
es resistencia organizada del alma.

Fue un poeta del exilio,
pero no del exilio romántico,
sino del exilio que duele en los trámites,
en la lengua que extraña,
en el país que sigue existiendo sin ti.
Y aun así nunca cayó en la nostalgia paralizante.
Su memoria no era un museo:
era un arma cargada de futuro.

Amó sin idealizar.
Escribió sobre el amor como se escribe
sobre una trinchera compartida:
con cuidado, con humor, con miedo a perder,
pero con la decisión firme de quedarse.
En sus versos el amor no salva del mundo:
enseña a soportarlo sin volverse cruel.

Por eso Benedetti fue peligroso.
No por radical, sino por accesible.
Porque cualquiera podía leerse en él.
Porque no pedía credenciales ideológicas
ni sofisticación académica.
Pedía algo más difícil:
no traicionarse.

Mientras otros poetas buscaban la eternidad,
Benedetti buscó la decencia.
Y en tiempos de brutalidad institucional,
la decencia es una forma de insurrección.

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