Dōgen nos lanza esta imagen como quien arroja una piedra al lago del yo y
se sienta a ver las ondas.
El pez nada y nada: no llega al “fin del
mar”.
El ave vuela y vuela: no topa con el borde del cielo.
No porque
sean torpes, sino porque el mar y el cielo no son caminos con meta, sino
condiciones del existir.
La trampa moderna —esa fiebre de GPS
espiritual— es creer que la vida tiene un final de nivel, una pantalla
que diga misión cumplida. Dōgen se ríe en silencio.
Para el pez, el mar
no es un obstáculo ni un premio: es su intimidad.
Para el ave, el cielo
no es conquista: es respiración. No hay afuera que alcanzar.
La
iluminación, entonces, no es llegar a algún sitio remoto con incienso
premium.
Es nadar siendo pez.
Volar siendo ave.
Vivir sin convertir la
existencia en trámite ni la experiencia en escalera corporativa del
alma.
Queremos “más”: más sentido, más respuestas, más garantías.
Dōgen responde con un koan disfrazado de postal: no hay borde porque no
estás dentro de algo; eres eso que crees recorrer.
El mar no se acaba
porque el pez no está separado del mar.
El cielo no termina porque el
ave no vuela contra él, vuela en él.
Dicho sin zen y con filo:
cuando buscas el sentido como quien busca una salida de emergencia, ya te perdiste la sala.
La vida no se resuelve, se habita.
Y ahí está la ironía final, fina como navaja japonesa:
el problema no es que no encontremos el final del mar, es que insistimos en creer que debería haber uno.
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