domingo, 1 de marzo de 2026

Lo cierto es que la aparición de la agricultura (como la de otros inventos: el lenguaje, la escritura, las religiones, etc.) puso en marcha un guion evolutivo; es decir, provocó un proceso que mantiene una lógica interna que le hace repetirse siempre que se inicia. 

 En este caso, el guion es
agricultura ––> excedentes ––> desigualdad ––> propiedad ––> comercio
búsqueda de seguridad ––> poder ––> obediencia

La agricultura permitió la aparición de los excedentes, es decir, bienes que no son consumidos y que, por lo tanto, aumentan la riqueza de algunos, determinan la división del trabajo, provocan la desigualdad, alientan la codicia y la envidia, y exigen organizar sistemas de protección. 
La propiedad se expande entonces. Desde el Panóptico observo el interés con que Marx estudió la función de los «excedentes» como núcleo del capitalismo. Sospecho que la dificultad para erradicar el sistema capitalista se debe a que no es un fenómeno económico surgido en la era industrial, sino algo más profundo producido por el paso a la agricultura. 
Había otra posibilidad evolutiva, basada en la igualdad, la propiedad común, la ausencia de jerarquías, la crítica a la ambición, la eliminación del poder y de su máxima encarnación, el Estado, pero lo cierto es que la humanidad no fue capaz de encontrar ese camino y, por lo tanto, no sabemos si existe.
Los humanos se fueron agrupando sin un plan previsto. Tan solo porque hacerlo les reportaba algún tipo de premio. Genéticamente estábamos orientados a vivir en grupos reducidos, pero la búsqueda de mayor seguridad, bienestar y posibilidades impulsó a los sapiens a conductas que conducían a grupos cada vez más amplios. Fue este deseo de felicidad personal, y de atención a la familia, lo que dirigió la marcha de la mayoría de los sapiens hacia comunidades mayores. 
No lo sabían, pero al final les esperaba la ciudad y, más allá, el Estado. Sin forzar mucho las cosas, podemos decir que su genoma biológico los impulsaba a convivir en grupos pequeños, casi familiares, pero que su genoma cultural fue impulsándolos cada vez con más fuerza a vivir en sociedades extensas. 
El Estado era un efecto predecible de la naturaleza humana. Acemoglu y Robinson interpretan la organización de las sociedades que llevan a los Estados como un intento de librarse de la anarquía y del caos. 
Con la agricultura aparece una violencia sistémica, un dinamismo paradójico. «En los imperios de Oriente Medio, China, la India y Europa, económicamente dependientes de la agricultura, un grupo de élite que incluía a no más del 2 % de la población, sistemáticamente, con la ayuda de un pequeño grupo de subalternos, se apropió de los productos agrícolas que habían cultivado a fin de sostener su estilo de vida aristocrático.»
A cambio, estos recibían protección. 
Este esquema se ha repetido una y otra vez a lo largo de los siglos. 
Cicerón escribe a su hermano, gobernador de la rica provincia de Asia, justificando la dureza de la dominación romana porque a cambio los sometidos recibían la paz: «Que Asia reflexione. Si no estuviera bajo nuestro gobierno, no habría escapado de las calamidades de la guerra o la contienda civil. Y puesto que no hay manera de gobernar sin impuestos, Asia deberá alegrarse de comprar la paz perpetua por el módico precio de unos pocos de sus productos».
José Antonio Marina 

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