Lo cierto es que la aparición de la agricultura (como la
de otros inventos: el lenguaje, la escritura, las religiones, etc.)
puso en marcha un guion evolutivo; es decir, provocó un proceso que
mantiene una lógica interna que le hace repetirse siempre que se inicia.
En este caso, el guion es
agricultura ––> excedentes ––> desigualdad ––> propiedad ––> comercio
búsqueda de seguridad ––> poder ––> obediencia
La
agricultura permitió la aparición de los excedentes, es decir, bienes
que no son consumidos y que, por lo tanto, aumentan la riqueza de
algunos, determinan la división del trabajo, provocan la desigualdad,
alientan la codicia y la envidia, y exigen organizar sistemas de
protección.
La propiedad se expande entonces. Desde el Panóptico observo
el interés con que Marx estudió la función de los «excedentes» como
núcleo del capitalismo. Sospecho que la dificultad para erradicar el
sistema capitalista se debe a que no es un fenómeno económico surgido en
la era industrial, sino algo más profundo producido por el paso a la
agricultura.
Había otra posibilidad evolutiva, basada en la igualdad, la
propiedad común, la ausencia de jerarquías, la crítica a la ambición,
la eliminación del poder y de su máxima encarnación, el Estado, pero lo
cierto es que la humanidad no fue capaz de encontrar ese camino y, por
lo tanto, no sabemos si existe.
Los humanos se
fueron agrupando sin un plan previsto. Tan solo porque hacerlo les
reportaba algún tipo de premio. Genéticamente estábamos orientados a
vivir en grupos reducidos, pero la búsqueda de mayor seguridad,
bienestar y posibilidades impulsó a los sapiens a conductas que
conducían a grupos cada vez más amplios. Fue este deseo de felicidad
personal, y de atención a la familia, lo que dirigió la marcha de la
mayoría de los sapiens hacia comunidades mayores.
No lo sabían, pero al
final les esperaba la ciudad y, más allá, el Estado. Sin forzar mucho
las cosas, podemos decir que su genoma biológico los impulsaba a
convivir en grupos pequeños, casi familiares, pero que su genoma
cultural fue impulsándolos cada vez con más fuerza a vivir en sociedades
extensas.
El Estado era un efecto predecible de la naturaleza humana. Acemoglu y Robinson interpretan la organización de las sociedades que
llevan a los Estados como un intento de librarse de la anarquía y del
caos.
Con la agricultura aparece una violencia sistémica, un dinamismo
paradójico. «En los imperios de Oriente Medio, China, la India y Europa,
económicamente dependientes de la agricultura, un grupo de élite que
incluía a no más del 2 % de la población, sistemáticamente, con la ayuda
de un pequeño grupo de subalternos, se apropió de los productos
agrícolas que habían cultivado a fin de sostener su estilo de vida
aristocrático.»
A cambio, estos recibían protección.
Este esquema se
ha repetido una y otra vez a lo largo de los siglos.
Cicerón escribe a
su hermano, gobernador de la rica provincia de Asia, justificando la
dureza de la dominación romana porque a cambio los sometidos recibían la
paz: «Que Asia reflexione. Si no estuviera bajo nuestro gobierno, no
habría escapado de las calamidades de la guerra o la contienda civil. Y
puesto que no hay manera de gobernar sin impuestos, Asia deberá
alegrarse de comprar la paz perpetua por el módico precio de unos pocos
de sus productos».
José Antonio Marina
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