La frase es de Mario Benedetti —y no es ligera. Es una afirmación existencial.
“Somos tristeza, por eso la alegría es una hazaña.”
No dice que estemos tristes. Dice que somos tristeza. Es más radical. Está hablando de la condición humana.
¿Por qué podríamos ser “tristeza”?
Porque somos conscientes.
Porque sabemos que vamos a morir.
Porque amamos y, por lo tanto, perdemos.
Porque deseamos y casi nunca es suficiente.
Porque recordamos.
La tristeza no es un accidente: es el precio de tener profundidad. Un árbol no sufre por el tiempo; nosotros sí, porque lo pensamos.
Y entonces la alegría —la verdadera— no es ingenuidad ni distracción. No es risa automática ni consumo. Es una hazaña porque implica vencer algo estructural:
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Vencer el peso del pasado.
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Vencer la ansiedad del futuro.
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Vencer la injusticia del mundo.
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Vencer la tentación del cinismo.
La alegría, cuando es auténtica, es un acto de resistencia.
No es que la vida sea una fiesta y a veces se arruine. Más bien, la vida es frágil, incierta, a veces cruel… y aun así alguien ríe, alguien ama, alguien escribe un poema, alguien corre bajo el sol aunque le duela la espalda.
Eso es heroico.
No una alegría superficial.
Sino la alegría de quien sabe que hay oscuridad y aun así avanza.
Benedetti no está siendo pesimista. Está dignificando la alegría. Está diciendo que no es barata.
Y quizá por eso vale tanto.

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