viernes, 6 de marzo de 2026

 La historia es curiosa… y un poco inquietante. Porque muestra ese momento en que la psicología dejó el diván y se puso uniforme militar.

El psicólogo que quiso ayudar a ganar una guerra
Robert Yerkes era un psicólogo estadounidense fascinado por medir la mente. 
Le interesaban la inteligencia, el comportamiento animal y la idea —muy de principios del siglo XX— de que todo lo humano podía clasificarse, ordenarse y numerarse.

Entonces llegó la gran sacudida del mundo: la
World War I.

Estados Unidos entró en 1917 y el ejército se enfrentó a un problema enorme: millones de reclutas llegaban al entrenamiento.
Campesinos, obreros, inmigrantes que apenas hablaban inglés.

La pregunta militar era brutalmente simple:
¿Cómo saber quién sirve para qué?

No bastaba con músculos.
Había que decidir quién podía ser oficial, quién artillero, quién apenas soldado raso.
Ahí entró Yerkes con una idea que parecía moderna y científica:
medir la inteligencia de los soldados.

El nacimiento de los test masivos

Yerkes reunió a un grupo de psicólogos y diseñaron dos pruebas:
Army Alpha → para reclutas alfabetizados.
Army Beta → para quienes no sabían leer o no hablaban inglés.

Miles de soldados se sentaban en grandes salas con lápiz y papel respondiendo preguntas de lógica, vocabulario o figuras.

Era la primera vez en la historia que se aplicaban tests psicológicos a escala industrial.
Más de 1.7 millones de soldados fueron evaluados.
La psicología había entrado oficialmente en la maquinaria del Estado.
Pero el experimento tenía sombras

Los resultados parecían mostrar algo alarmante:
muchos inmigrantes y personas con poca educación obtenían puntuaciones bajas.

Algunos psicólogos —influenciados por la moda intelectual de la época— concluyeron algo peligroso:
que ciertas poblaciones eran “menos inteligentes por naturaleza”.
Estas ideas alimentaron movimientos como la
Eugenesia, que buscaban “mejorar” la sociedad controlando quién debía reproducirse.
Hoy sabemos que aquellos tests estaban llenos de sesgos culturales:
preguntas sobre béisbol, cultura estadounidense o lenguaje que muchos reclutas simplemente no conocían.

En otras palabras:
medían cultura más que inteligencia.

La paradoja
Aun así, el proyecto dejó una huella enorme.
De ese experimento militar nacieron:
los tests modernos de inteligencia
la psicología aplicada al trabajo
la selección psicológica de personal

La psicología descubrió algo incómodo:
cuando la ciencia se acerca al poder —ejército, política, industria— puede servir tanto para comprender al ser humano como para clasificarlo como si fuera ganado.
Y ahí queda la escena, casi cinematográfica:
un psicólogo con lápiz en mano,
miles de soldados en filas interminables,
y la mente humana convertida en números…
mientras el mundo ardía en guerra.

Cómo los resultados de Yerkes influyeron en las leyes migratorias de Estados Unidos en 1924.

Es uno de esos momentos donde la psicología cambió la política. Y no precisamente para bien. 

La historia no terminó en los cuarteles.
En realidad ahí empezó el problema.
Cuando terminó la World War I, los datos de los tests de Robert Yerkes quedaron apilados como montañas de papel. Millones de respuestas. Millones de números.

Y algunos psicólogos pensaron:
“Esto no solo sirve para el ejército… sirve para clasificar a toda la sociedad.”

Ahí entra en escena un personaje clave:
Carl Brigham, uno de los colaboradores del proyecto.
En 1923 publicó un libro con un título que hoy suena como una sirena de alarma:

A Study of American Intelligence.
Su argumento, basado en los tests militares, decía algo así:
Los estadounidenses de origen anglosajón obtenían mejores puntuaciones.
Los inmigrantes del sur y este de Europa puntuaban más bajo.
Los inmigrantes recientes estaban “reduciendo la inteligencia nacional”.

Hoy sabemos que aquello era un castillo de arena estadístico:
los inmigrantes evaluados apenas hablaban inglés, tenían poca escolarización y estaban sometidos a condiciones brutales en el ejército.
Pero en los años 20 la palabra “científico” tenía un aura casi sagrada.
Si venía con números… parecía verdad.

Cuando la psicología entró al Congreso

Los políticos tomaron esas ideas como si fueran mapas del tesoro.
En 1924 el Congreso de Estados Unidos aprobó la
Immigration Act of 1924.
La ley establecía cuotas migratorias basadas en el origen nacional.
En términos prácticos significaba:
Más inmigrantes de Europa del norte.
Muchos menos de Italia, Polonia, Rusia o los Balcanes.
Casi ninguno de Asia.
La ciencia —o lo que parecía ciencia— había sido usada como argumento político.

El giro irónico

Aquí la historia tiene un giro digno de novela.
Años después, el propio Carl Brigham revisó sus datos…
y se dio cuenta de que estaban profundamente sesgados.
En 1930 escribió algo sorprendente:
admitió que sus conclusiones sobre diferencias raciales no eran válidas.
Pero para entonces la ley migratoria llevaba años funcionando.
La política rara vez devuelve los tornillos una vez apretados.

La moraleja incómoda

La historia de Yerkes dejó una lección que todavía resuena en los laboratorios:
La ciencia puede producir datos.
Pero cuando esos datos entran en la arena política, se convierten en armas.

A veces la psicología quiere comprender al ser humano.
Y otras veces —cuando el poder la seduce— termina ordenando a las personas en filas invisibles.
Como si la mente fuera una maleta en el aeropuerto del mundo:
pesar, etiquetar…
y decidir quién pasa y quién se queda afuera.

Hay una tercera parte todavía más fascinante:
cómo de estos mismos experimentos nació el SAT moderno, el examen que decide la entrada a universidades en Estados Unidos.

La guerra, curiosamente, terminó diseñando los exámenes escolares. 
Y eso también tiene su historia.

La tercera parte de esta historia tiene algo de ironía histórica:
una guerra ayudó a inventar uno de los exámenes escolares más famosos del mundo.

De los cuarteles al aula

Después de la World War I, los psicólogos que trabajaron con Robert Yerkes se quedaron con una idea poderosa:
era posible evaluar a miles de personas al mismo tiempo con un mismo test.
Aquello era nuevo. Antes, la inteligencia se medía casi siempre persona por persona, con entrevistas y pruebas largas.
Pero el ejército había demostrado algo distinto:
se podían examinar multitudes como si fueran una cosecha de trigo pasando por una criba.
Uno de los psicólogos que tomó esa idea fue
Carl Brigham.

El nacimiento de un examen
Brigham empezó a trabajar con una organización que quería crear pruebas académicas estandarizadas: College Board.
Su objetivo era aparentemente noble:
hacer que el acceso a la universidad dependiera menos del origen social y más de la capacidad académica.
Así, en 1926 apareció el primer:
SAT.
La idea era sencilla:
preguntas de razonamiento verbal
ejercicios de lógica
problemas de matemáticas
Todo en un mismo examen que millones de estudiantes podrían presentar.
Era, en esencia, el descendiente civil de los tests militares.

La paradoja
Aquí aparece una paradoja deliciosa —y un poco trágica—.
El mismo Brigham que antes había defendido ideas cercanas a la eugenesia terminó impulsando un examen que buscaba lo contrario:
dar oportunidades a estudiantes talentosos que no venían de familias ricas.
Durante décadas el SAT permitió que jóvenes brillantes de pueblos pequeños o familias humildes entraran a universidades prestigiosas.

Pero, como suele pasar con las herramientas humanas, también generó nuevos problemas:

desigualdades educativas
industrias de preparación para el examen
debates sobre si realmente mide “inteligencia”

La vieja pregunta sigue flotando:
¿medimos talento… o medimos privilegio?
El eco de una vieja guerra
Así que la genealogía es extraña:
Psicólogos midiendo soldados en la guerra.
Esos métodos pasando a la política migratoria.
Y finalmente… a los exámenes universitarios.
Una línea histórica bastante irónica:
los lápices que una vez clasificaron soldados terminaron decidiendo quién entra a Harvard.

La psicología, como un río curioso, salió del laboratorio, cruzó los campos de batalla…
y acabó desembocando en un salón de clases lleno de adolescentes nerviosos.

Hay una cuarta historia todavía más inquietante:

cómo el mismo Robert Yerkes también dirigió experimentos famosos con chimpancés, intentando medir la inteligencia comparada entre humanos y primates… y eso abrió otro capítulo extraño en la historia de la psicología. 

Hay algo casi novelesco en el camino de Robert Yerkes.

Primero midió soldados. 
Luego ayudó a diseñar exámenes.
Y después dirigió su mirada hacia un espejo incómodo de la humanidad: los primates.

El psicólogo que miró a los chimpancés

A principios del siglo XX la psicología tenía una obsesión:
entender qué nos separa de los animales.
¿La inteligencia?
¿El lenguaje?
¿La capacidad de resolver problemas?

Yerkes pensó que para responder había que estudiar a nuestros parientes evolutivos más cercanos.
Así empezó a trabajar con chimpancés y otros primates, inspirado por la teoría de Charles Darwin, quien había sugerido algo revolucionario:
que humanos y animales comparten raíces mentales.

Los laberintos de la mente

Yerkes diseñó experimentos curiosos:
cajas que los chimpancés debían abrir
mecanismos con palancas
problemas visuales con recompensas de comida.

La pregunta era simple y profunda:
¿Cómo piensan los chimpancés?
Y lo que descubrieron sorprendió a muchos.
Los chimpancés no solo aprendían por repetición.
A veces entendían el problema.
De pronto un chimpancé observaba, se detenía…
y resolvía el desafío como si hubiera tenido una pequeña iluminación mental.
Algo muy parecido a lo que el psicólogo
Wolfgang Köhler llamaría más tarde insight: comprender de golpe la solución.

Un laboratorio para primates
Yerkes estaba tan fascinado que impulsó la creación de centros dedicados al estudio de primates.
Uno de ellos terminaría convirtiéndose en el actual
Yerkes National Primate Research Center.

La idea era estudiar:
inteligencia
memoria
emociones
comportamiento social

Porque cuanto más se observaba a los chimpancés, más claro resultaba algo incómodo:
no eran máquinas instintivas.
Tenían:
jerarquías sociales
alianzas
celos
reconciliaciones

En otras palabras… un pequeño teatro político dentro de la jaula.

La lección inesperada
Los estudios con primates terminaron revelando algo casi poético.
La distancia mental entre humanos y chimpancés no es un abismo.
Es más bien un puente corto, a veces inquietantemente corto.
Los mismos impulsos que organizan una tropa de chimpancés —poder, alianzas, rivalidad— también aparecen en parlamentos, empresas y guerras humanas.

La ciencia buscaba diferencias.
Encontró parecidos.
Un espejo incómodo
Así que el recorrido de Yerkes fue extraño:
midió soldados
clasificó inteligencia
estudió chimpancés

Y al final la pregunta seguía flotando como humo en un laboratorio:
¿Estamos tan lejos del mono… o solo somos un chimpancé con traje y elecciones democráticas?
A veces la psicología abre puertas.
Otras veces abre espejos.
Y no siempre nos gusta lo que aparece reflejado.

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