viernes, 13 de marzo de 2026

 El hombre es en el fondo un animal terrible y cruel. Lo conocemos como ha sido domesticado y educado por lo que hoy conocemos como civilización. De ahí que nos alarmemos cuando alguna vez sale a la luz su verdadera naturaleza. Pero siempre que desaparecen los frenos y las cadenas de la ley del orden dando paso a la anarquía, se presenta como realmente es.

ARTHUR SCHOPENHAUER

Cuando desaparece la civilización, vislumbramos la naturaleza humana en estado puro. Cuando las estructuras autoritarias que supuestamente nos protegen de nuestra tenebrosa naturaleza hobbesiana se derrumban en una nube de polvo y caos, generalmente el cielo se desata. 
En A Paradise Built in Hell: The Extraordinary Communities that Arise in Disaster (Un paraíso construido en el infierno. Las extraordinarias comunidades que surgen en el desastre), Rebecca Solnit documenta las respuestas frente a la calamidad de seres humanos de diversas culturas: no son respuestas de saqueo, sino de echar una mano. 
Después de examinar la literatura sociológica y cientos de relatos personales de supervivientes de catástrofes, llegó a la conclusión de que «la imagen del ser humano egoísta, presa del pánico o negativamente salvaje en tiempos de catástrofes tiene poco de verdad». 
Las investigaciones acumuladas durante décadas sobre cómo se comporta la gente en situaciones de terremotos, inundaciones y bombardeos muestran que nuestro comportamiento es el opuesto a lo que indica la Narrativa del Progreso Perpetuo. «Algunas veces los desastres son una puerta trasera al paraíso —dice Solnit—, al menos el paraíso en el que somos quienes esperamos ser, en el que hacemos el trabajo que deseamos y donde cada uno es el guardián de sus hermanos y hermanas». Aunque esto pueda sonar a tarjeta de felicitación, las conclusiones de Solnit son peligrosamente subversivas. Invierten la corriente dominante neohobbesiana acerca de la naturaleza humana y las instituciones paternalistas que nos venden para protegernos unos de otros y de nuestros propios impulsos incivilizados. La NPP lleva miles de años insistiendo en lo mismo: «Recordad que homō hominī lupus est: el hombre es un lobo para el hombre». 
Pero esto es doblemente erróneo. Los cánidos son unos de los animales más cooperativos y sofisticados socialmente, y la historia del comportamiento humano en situaciones de catástrofe muestra que estamos lejos de ser unas criaturas ferozmente egoístas que nos volvemos unos contra otros en cuanto pensamos que nos podemos salir con la nuestra.
Dando un giro de ciento ochenta grados a la narrativa del desastre, Solnit halló que «en casi todas partes la vida cotidiana es un desastre que las calamidades a veces ofrecen la oportunidad de cambiar». ¿Os dais cuenta? Arriba es abajo, negro es blanco, y los terremotos, los tsunamis y los deslizamientos de tierra no son los auténticos desastres, sino alteraciones en el desastre mundano y actual que la mayoría de nosotros llamamos «vida normal».
Christopher Ryan 

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