El hombre es en el fondo un animal terrible y cruel. Lo conocemos como ha sido domesticado y educado por lo que hoy conocemos como civilización. De ahí que nos alarmemos cuando alguna vez sale a la luz su verdadera naturaleza. Pero siempre que desaparecen los frenos y las cadenas de la ley del orden dando paso a la anarquía, se presenta como realmente es.
ARTHUR SCHOPENHAUER
Cuando
desaparece la civilización, vislumbramos la naturaleza humana en estado
puro. Cuando las estructuras autoritarias que supuestamente nos
protegen de nuestra tenebrosa naturaleza hobbesiana se derrumban en una
nube de polvo y caos, generalmente el cielo se desata.
En A Paradise
Built in Hell: The Extraordinary Communities that Arise in Disaster (Un
paraíso construido en el infierno. Las extraordinarias comunidades que
surgen en el desastre), Rebecca Solnit documenta las respuestas frente a
la calamidad de seres humanos de diversas culturas: no son respuestas
de saqueo, sino de echar una mano.
Después de examinar la literatura
sociológica y cientos de relatos personales de supervivientes de
catástrofes, llegó a la conclusión de que «la imagen del ser humano
egoísta, presa del pánico o negativamente salvaje en tiempos de
catástrofes tiene poco de verdad».
Las investigaciones acumuladas
durante décadas sobre cómo se comporta la gente en situaciones de
terremotos, inundaciones y bombardeos muestran que nuestro
comportamiento es el opuesto a lo que indica la Narrativa del Progreso Perpetuo. «Algunas veces los
desastres son una puerta trasera al paraíso —dice Solnit—, al menos el
paraíso en el que somos quienes esperamos ser, en el que hacemos el
trabajo que deseamos y donde cada uno es el guardián de sus hermanos y
hermanas». Aunque esto pueda sonar a tarjeta de felicitación, las
conclusiones de Solnit son peligrosamente subversivas. Invierten la
corriente dominante neohobbesiana acerca de la naturaleza humana y las
instituciones paternalistas que nos venden para protegernos unos de
otros y de nuestros propios impulsos incivilizados. La NPP lleva miles
de años insistiendo en lo mismo: «Recordad que homō hominī lupus est: el
hombre es un lobo para el hombre».
Pero esto es doblemente erróneo. Los
cánidos son unos de los animales más cooperativos y sofisticados
socialmente, y la historia del comportamiento humano en situaciones de
catástrofe muestra que estamos lejos de ser unas criaturas ferozmente
egoístas que nos volvemos unos contra otros en cuanto pensamos que nos
podemos salir con la nuestra.
Dando un giro de
ciento ochenta grados a la narrativa del desastre, Solnit halló que «en
casi todas partes la vida cotidiana es un desastre que las calamidades a
veces ofrecen la oportunidad de cambiar». ¿Os dais cuenta? Arriba es
abajo, negro es blanco, y los terremotos, los tsunamis y los
deslizamientos de tierra no son los auténticos desastres, sino
alteraciones en el desastre mundano y actual que la mayoría de nosotros
llamamos «vida normal».
Christopher Ryan
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