Cuanta más arena se escapa del reloj de arena de nuestra vida, más claro se debería ver a través de él.
Jean-Paul Sartre
Sartre deja caer esa frase como quien gira el reloj y se queda mirando, sin consuelo y sin excusas.
La
idea es cruel y elegante a la vez: el tiempo no viene a darnos
sabiduría gratis, viene a quitarnos coartadas.
Cuando la arena cae, no
se nubla la vista; se limpia. Ya no podemos decir “no sabía”, “no era el
momento”, “así me tocó vivir”.
La vida, al avanzar, nos exige claridad
como un impuesto inevitable.
En Sartre, el paso del
tiempo no nos vuelve mejores por ósmosis. Nos vuelve responsables.
Cuanto más se vacía el reloj, menos margen hay para la mala fe, ese arte
refinado de mentirnos a nosotros mismos para no elegir.
La vejez —o
simplemente la experiencia— no es un premio: es un reflector brutal.
Ilumina las decisiones que tomamos… y las que evitamos como si fueran
peste.
Ver “más claro” no significa ser feliz, ni
sabio, ni reconciliado.
Significa algo más incómodo: ver que siempre
fuimos libres, incluso cuando nos escondimos detrás del miedo, del
trabajo, de la ideología o del “qué dirán”.
El reloj no perdona: cada
grano que cae susurra “esto también fue elección tuya”.
Así
que no, el tiempo no cura. El tiempo desnuda. Y cuando el reloj está
casi vacío, ya no hay cortinas que cerrar.
Solo queda mirar de frente la
forma que le dimos a nuestra vida… y aceptar que esa forma, con sus
grietas y sus silencios, lleva nuestra firma.
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