lunes, 27 de julio de 2026

 Piense o imagine un animal cualquiera; cuando lo haya olvidado, ¿habrá dejado de existir? ¿Existió alguna vez, aunque sea en su imaginación? ¿A usted también lo estará imaginando alguien?


Los animales de la imaginación nacen sin hacer ruido. No rompen el cascarón ni atraviesan el vientre de una madre. Les basta un pensamiento. Una fracción de segundo. Una chispa en la oscuridad del cerebro.

Aparece un zorro con alas de mariposa.

Respira.

Camina.

Nos mira.

Y durante un instante existe con una intensidad que ningún zoológico podría ofrecerle.

Después lo olvidamos.

¿Murió?

Tal vez no. Tal vez simplemente emigró hacia ese inmenso continente donde viven las canciones que ya no recordamos, los sueños que se borran al despertar y los rostros de quienes cruzaron nuestra vida una sola vez. Un lugar hecho de presencias que ya nadie puede convocar, pero que tampoco aceptan desaparecer.

Decimos que algo existe cuando ocupa un lugar en el espacio. Sin embargo, un recuerdo ocupa un lugar en el tiempo. Una idea ocupa un lugar en la conciencia. Un miedo ocupa un lugar en el cuerpo. Quizá la existencia tenga más habitaciones de las que nuestra razón está dispuesta a alquilar.

Entonces surge la última pregunta, la más inquietante.

¿Y si usted también está siendo imaginado?

No como un personaje condenado a obedecer un escritor, sino como una posibilidad soñada por una inteligencia que nunca veremos. Tal vez cada decisión nuestra sea una frase que alguien está escribiendo. Tal vez nuestros olvidos sean las pausas de su atención. Tal vez las coincidencias sean tachaduras.

O quizá no exista ningún soñador.

Quizá seamos nosotros quienes soñamos al universo cada vez que abrimos los ojos. Porque un mundo sin testigos se parece demasiado a un libro cerrado: contiene todas las historias, pero ninguna está ocurriendo.

El animal imaginado desaparece cuando lo olvidamos.

Pero la capacidad de imaginar permanece.

Y acaso eso sea la verdadera criatura inmortal: no el zorro, ni el ave, ni el monstruo inventado, sino esa extraña facultad humana de fabricar seres con el barro invisible del pensamiento y concederles, aunque sea por un instante, el milagro de existir. 

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