"Las vidas reales no tienen final. Los libros reales no tienen final."
J.M.G. Le Clézio
Un libro termina cuando llegamos a la última página. Una vida termina cuando llega la muerte. Al menos eso parece.
Pero Le Clézio mira más lejos.
Las vidas reales no tienen final porque continúan en la memoria de quienes las conocieron, en los gestos que enseñaron, en las heridas que dejaron, en el amor que sembraron. Una madre sigue viviendo en una frase que repite su hijo. Un amigo permanece en una costumbre que heredamos sin darnos cuenta. La vida humana es una piedra lanzada al agua: desaparece de la vista, pero sus ondas siguen viajando.
Y los libros reales tampoco terminan. El libro verdaderamente vivo no se queda encerrado entre dos tapas. Sale de ellas. Nos acompaña por la calle, se sienta con nosotros en el autobús, aparece de pronto en una conversación o en una noche de insomnio. Lo terminamos de leer, pero él continúa leyéndonos.
Por eso Le Clézio une las vidas y los libros. Ambos son más grandes que sus límites visibles. Una biografía no cabe en una tumba; una gran novela no cabe en su última página.
Hay libros que se cierran como una puerta. Y hay libros que, al cerrarse, abren una ventana.
Las vidas verdaderas y los libros verdaderos comparten ese extraño privilegio: no concluyen, se transforman. Cambian de forma y siguen caminando. Como un río que desaparece bajo tierra para reaparecer kilómetros después, continúan su viaje en lugares que ya no podemos prever.
Quizá esa sea la señal de lo auténtico: aquello que parece terminar, pero deja una luz encendida mucho después de haberse ido.

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