La frase de Hubert Reeves es una flecha lanzada contra una de las grandes contradicciones humanas.
"El hombre es la más loca especie. Adora a un dios invisible y mata a toda la naturaleza visible... sin darse cuenta que la naturaleza que mata es el dios invisible que adora."
La crítica no va dirigida necesariamente a la fe, sino a la desconexión.
Reeves señala una paradoja: muchos seres humanos buscan lo sagrado en un cielo lejano mientras destruyen aquello que tienen delante de los ojos. Es como si alguien alabara la música mientras rompe todos los instrumentos.
La frase contiene una intuición muy antigua. Para numerosas tradiciones espirituales, la naturaleza no es una cosa separada de lo divino. Los bosques, los ríos, las montañas y los animales son manifestaciones de un misterio mayor. Cuando una selva cae, cuando un río se vuelve veneno o una especie desaparece, no solo se pierde materia. Se pierde una forma de belleza, una voz irrepetible del universo.
También hay una crítica a la arrogancia moderna. La civilización tecnológica ha logrado hazañas extraordinarias, pero con frecuencia actúa como un heredero irresponsable que vende las vigas de la casa para comprar lámparas más brillantes. Ganamos comodidad mientras erosionamos las condiciones que hacen posible la vida.
Sin embargo, la frase no debe leerse únicamente como una acusación. También es una invitación. Nos recuerda que quizás lo sagrado no habita únicamente en los templos, sino en el vuelo de un ave, en el silencio de un manglar, en el resplandor de una luciérnaga o en el lento trabajo de una semilla que rompe la tierra.
Reeves parece susurrarnos algo sencillo y profundo: si existe un dios, tal vez una de sus formas más evidentes sea este mundo vivo que respira alrededor de nosotros. Y si destruimos ese milagro visible, terminaremos rezando entre ruinas, buscando en el cielo lo que antes florecía bajo nuestros pies.
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