La frase de Jorge Teillier tiene la melancolía de alguien que entendió demasiado pronto que la belleza no viene con garantía de permanencia. La felicidad aquí no aparece como una conquista monumental ni como un estado eterno; aparece como un gesto mínimo: dibujar sobre la escarcha. Algo infantil, inútil y condenado a desaparecer en minutos. Y aun así, hacerlo.
Ahí está el corazón del verso.
La escarcha funciona como símbolo de lo efímero: basta un poco de sol para borrarla. Las “figuras sin sentido” también son importantes, porque Teillier no habla de grandes obras ni de mensajes trascendentes. No intenta salvar al mundo. Solo deja marcas pasajeras en una superficie destinada al deshielo. Como quien escribe un nombre en un vidrio empañado sabiendo que el aire lo devorará enseguida.
Y, sin embargo, eso fue la felicidad.
La frase tiene una rebeldía silenciosa: aceptar que algo no durará no le quita valor. Al contrario. Lo vuelve más humano. Más precioso. La felicidad, entonces, no sería poseer algo para siempre, sino habitar plenamente un instante condenado. Un pequeño acto contra el olvido, aunque el olvido gane igual. Porque siempre gana. La escarcha y el tiempo son primos hermanos: ambos borran.
Teillier era maestro en encontrar lo sagrado en lo humilde. No necesitaba epopeyas; le bastaba una estación de tren vacía, un vaso de vino, lluvia en una ventana o una tarde que huele a leña mojada. En este fragmento parece decirnos que la vida quizá sea exactamente eso: garabatos temporales sobre el frío del mundo.
Y qué curioso: las figuras “sin sentido” terminan teniendo muchísimo sentido precisamente porque desaparecen. Como los juegos de la infancia, las conversaciones a medianoche o ciertas personas que duran menos que una estación, pero dejan una grieta luminosa en la memoria.
La felicidad, para Teillier, no era un monumento. Era vaho sobre el invierno.

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