«Que levante la mano el que todavía quiera parecerse a sí mismo.»
— Carlos Monsiváis
Esta frase de Monsiváis parece sencilla, pero es una pequeña carga de profundidad.
Vivimos rodeados de modelos de lo que deberíamos ser: exitosos, atractivos, eficientes, felices, productivos, visibles. La sociedad ofrece disfraces en oferta permanente. En ese contexto, querer parecerse a uno mismo se vuelve un acto de resistencia.
La frase está formulada como una invitación pública: "que levante la mano". Como si Monsiváis preguntara en una multitud quién sigue dispuesto a conservar su identidad cuando todo empuja hacia la imitación. La pregunta es irónica porque sospecha que no serán muchos.
También encierra una paradoja. Parecerse a uno mismo no es algo automático. Uno podría pensar que ya somos nosotros mismos por definición. Pero Monsiváis apunta a otra cosa: a la distancia que se abre entre lo que somos y lo que terminamos representando. Hay quienes pasan años pareciéndose a las expectativas familiares, a las modas, a las ideologías o a los algoritmos, y cada vez menos a su propia voz.
La frase tiene además un eco ético. No pregunta quién quiere ser mejor que los demás, ni más rico, ni más famoso. Pregunta quién quiere ser fiel a sí mismo. Y esa fidelidad suele ser incómoda, porque obliga a reconocer contradicciones, límites y deseos auténticos.
Hay algo de melancolía en ella. Monsiváis, observador feroz de la cultura mexicana, sabía que la modernidad produce máscaras con gran facilidad. Su pregunta suena como la de alguien que mira una plaza llena y busca a los pocos que aún conservan el coraje de ser quienes son.
En el fondo, la frase podría traducirse así:
Entre tantas copias, imitaciones y personajes, ¿quién sigue dispuesto a convertirse en su propia versión y no en la de otro?
Y esa mano levantada, aunque sea una sola, ya constituye una pequeña victoria contra la uniformidad.
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