Newton no fue el
primer hombre de la Edad de la Razón, fue el último de los magos, el último de los
babilonios y de los sumerios, la última gran mente que contempló el mundo visible e
intelectual con los mismos ojos que lo hicieron quienes empezaron a construir nuestra herencia cultural de hace casi 10 mil años...
Esta célebre frase pertenece al economista británico John Maynard Keynes, pronunciada en un discurso para el tricentenario del nacimiento de Isaac Newton (leído en 1946).
Keynes no llegó a esta conclusión de la nada: tras comprar un cofre lleno de manuscritos privados e inéditos de Newton en una subasta en 1936, descubrió que el "padre de la ciencia moderna" había dedicado más tiempo y tinta a la alquimia, la teología herética y las profecías bíblicas que a la mismísima física.
La narrativa histórica tradicional pinta a Newton como el héroe supremo de la Ilustración: el hombre que mecanizó el universo, inventó el cálculo y desterró la superstición con sus leyes del movimiento.
Keynes rompe este mito al afirmar que Newton no miraba hacia el futuro (el racionalismo moderno), sino hacia el pasado. Para Newton, el universo no era una máquina ciega que funcionaba sola, sino un criptograma divino: un enigma diseñado por Dios que podía ser descifrado tanto a través de las matemáticas como a través del descodificado de los textos sagrados y la transmutación alquímica.
¿Por qué vincularlo con la antigua Mesopotamia?
Los babilonios y sumerios no separaban la astronomía de la astrología, ni la matemática de la religión. Para ellos, observar el cielo era una actividad mística para entender la voluntad divina.
La unidad del conocimiento: Newton compartía esta cosmovisión. Para él, la gravedad no era una simple fuerza mecánica, sino la manifestación directa del poder de Dios en el espacio.
El conocimiento perdido (Prisca Sapientia): Newton creía firmemente que las civilizaciones antiguas (incluidos los babilonios y los egipcios) ya poseían las leyes verdaderas del universo y los secretos de la creación, pero que ese conocimiento se había corrompido o perdido con el tiempo. Su trabajo científico no era una "innovación", sino una recuperación de la magia y la sabiduría original.
"La última gran mente que contempló el mundo visible e intelectual con los mismos ojos..."
Antes de la fragmentación moderna del saber (donde la ciencia, la religión, la filosofía y el arte se separaron en disciplinas estancas), existía una mirada integrada.
El cruce de fronteras: Newton utilizaba el mismo rigor obsesivo, el mismo método de aislamiento y la misma genialidad intelectual para calcular la órbita de un planeta que para intentar descubrir la fórmula de la Piedra Filosofal o calcular la fecha del Apocalipsis basándose en el Libro de Daniel (la cual fijó, curiosamente, para el año 2060).
El fin de una era: Al llamarlo "el último", Keynes señala el nacimiento de una nueva era. Irónicamente, el éxito de las matemáticas de Newton ayudó a construir el mundo hiperracional, mecánico y desencantado en el que vivimos hoy, un mundo que el propio Newton, con su mente impregnada de misticismo, difícilmente habría reconocido o compartido.
La cita resume una paradoja fascinante de la historia del pensamiento: la ciencia moderna nació de la obsesión de un hombre por la magia antigua. Newton no fue el primer científico frío y pragmático; fue el último gran sabio hermético que creía que la realidad visible y el mundo espiritual eran un solo tejido que esperaba ser descifrado.
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