No nos pongamos románticos ni lúgubres con la muerte.
Este poema de Jim Harrison tiene una virtud poco común: habla de la muerte sin solemnidad religiosa ni dramatismo existencial. El tono es sereno, casi doméstico, y precisamente por eso resulta inquietante.
1. La desmitificación de la muerte
El poema se abre con una orden casi ética:
“No nos pongamos románticos ni lúgubres con la muerte”.
Harrison rechaza dos actitudes habituales:
romantizar la muerte (convertirla en un acontecimiento sublime),
oscurecerla con patetismo.
La presenta como algo tan ordinario como “cocinar el desayuno”. La comparación es deliberadamente chocante: el acto más definitivo de la vida se equipara con una rutina cotidiana.
2. El humor negro como estrategia filosófica
“Rompe dos huevos en un cuenco / o rompe un cuenco en dos huevos”.
La inversión absurda introduce humor negro. No es un chiste gratuito; sugiere que la materia puede reorganizarse de distintas maneras y que la muerte es también una transformación física, no solo un acontecimiento metafísico.
Del mismo modo:
“deslízate dentro de un ataúd… o mejor aún, deslízate hacia el fuego”.
Ataúd y cremación aparecen descritos con la misma neutralidad práctica.
3. Lo difícil no es morir, sino despedirse
El poema cambia de tono:
“aceptar tu último beso, tu último trago, / tu última comida”.
La muerte abstracta puede pensarse; lo insoportable es el último de los placeres concretos. Harrison observa con ironía que los condenados son muy exigentes con su última comida “como si pudiera haber una hamburguesa con queso enviada por Dios”. La imagen rebaja cualquier expectativa trascendente: ni siquiera el rito final garantiza sentido.
4. La memoria final no es épica
En muchos poemas sobre la muerte desfilan grandes escenas biográficas. Aquí:
“unos cuantos amantes pasan fugazmente… pero lo que aparece sobre todo es un lago plácido al amanecer”.
La conciencia terminal se reduce a una imagen natural sencilla: agua quieta, niebla, un ave solitaria. Esa escena recuerda la poesía meditativa de tradición norteamericana (Frost, Stafford, incluso ciertos pasajes de Thoreau): la naturaleza como espejo de la mente.
El lago opaco es crucial. No refleja; no revela el fondo. La muerte permanece inescrutable.
5. El regreso a la infancia
Los últimos versos son extraordinarios:
“Volveremos a saber, como los niños, todo lo que estamos destinados a saber”.
La muerte no conduce a una omnisciencia, sino a una forma elemental de conocimiento. El niño sabe tres cosas fundamentales:
el agua es fría,
es profunda,
la luz llega solo hasta cierto límite.
Ese conocimiento es corporal, inmediato y humilde. El poema termina aceptando el límite de la comprensión humana: la luz —símbolo clásico del conocimiento— no alcanza el fondo.
Temas centrales
Desmitificación
La muerte como hecho ordinario y material.
Humor negro
Ironía para evitar el sentimentalismo.
Finitud
El dolor de los últimos gestos concretos.
Naturaleza
El lago como imagen de la conciencia y del misterio.
Límite
La luz penetra “solo hasta cierto punto”.
Infancia
Regreso a un saber primario, no intelectual.
El tono: estoico, no nihilista
Harrison no dice que la vida carezca de valor. Al contrario, la atención al último beso o al último trago implica que esas cosas importan mucho. Lo que rechaza es la ilusión de que la muerte deba revestirse de grandeza. Su postura se acerca más al estoicismo y a cierta sabiduría campesina: nacer y morir son procesos naturales que ocurren dentro del mismo mundo material.
Un detalle técnico notable
Observa cómo el poema pasa de lo doméstico (desayuno, huevos, cuenco, hamburguesa) a lo elemental (agua, niebla, sol). Es un movimiento de depuración: de la cultura a la naturaleza, de lo humano particular a lo universal físico.
En una frase
El poema afirma que la muerte no es una revelación grandiosa sino un regreso sereno a la conciencia infantil de nuestros límites: sabemos que el agua es fría y profunda, y que incluso la luz tiene un borde más allá del cual no alcanza.
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