La muerte era de una naturaleza piadosa, significativa y de una belleza triste, es decir, espiritual; pero al mismo tiempo era de otra naturaleza, casi contraria, muy física y material, y entonces no se la podía considerar bella, ni significativa, ni piadosa, ni siquiera triste.
Thomas Mann
La
frase de Thomas Mann parece escrita desde el borde de un ataúd… pero
también desde el borde de un espejo. No habla solo de la muerte: habla
de la contradicción insoportable de ser humanos.
Mann divide la muerte en dos dimensiones que chocan entre sí como dos placas tectónicas:
Por un lado, la muerte como experiencia espiritual: algo “piadoso”, “significativo”, “de una belleza triste”.
Aquí
la muerte adquiere una especie de dignidad metafísica. Se vuelve rito,
símbolo, misterio. La tragedia humana aparece ennoblecida. Es la muerte
de las elegías, de las catedrales, de los poemas de otoño. La muerte
entendida como transformación o revelación.
Pero inmediatamente Mann destruye esa idealización.
Dice: al mismo tiempo la muerte es “muy física y material”.
Y ahí entra el escándalo.
Porque
el cuerpo muerto no parece espiritual: pesa, se enfría, se descompone.
El cadáver no tiene la poesía que sí tiene la idea de la muerte. La
carne introduce una brutalidad biológica que arruina el romanticismo. La
muerte deja de ser una metáfora y vuelve a ser química.
Mann
está señalando una tensión clásica de la cultura occidental: queremos
convertir la muerte en significado porque no soportamos verla como
simple materia.
La conciencia humana fabrica
símbolos funerarios, religiones, épicas, cementerios hermosos, flores,
música sacra… todo para domesticar algo que en el fondo sigue siendo
profundamente corporal y animal.
Es una observación muy moderna y muy cruel: la muerte posee una doble cara irreconciliable.
El espíritu la vuelve sublime.
La biología la vuelve obscena.
Y ninguna cancela a la otra.
Por
eso la frase tiene una melancolía tan intensa. Mann no cae ni en el
sentimentalismo religioso ni en el materialismo frío. Habita la grieta
entre ambos.
Como si dijera:
La muerte puede conmovernos como idea, pero sigue siendo terrible como hecho.
Ahí
aparece también algo central en toda la obra de Mann: la sospecha de
que la belleza y la decadencia están íntimamente unidas. En novelas como
La montaña mágica o Muerte en Venecia, la enfermedad y la muerte tienen
un extraño magnetismo espiritual.
La decadencia no solo destruye:
también revela.
Como un atardecer hermoso que, técnicamente, es la prueba de que el día se está muriendo.
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