La vida de Johann Wolfgang von Goethe parece una de esas novelas donde el protagonista intenta abarcar el mundo entero y, sorprendentemente, casi lo consigue.
Nació en 1749 en Fráncfort del Meno, en una casa acomodada donde tuvo acceso a libros, idiomas y una educación excepcional. Desde niño mostró una curiosidad voraz. No le bastaba con leer poesía. También quería entender las plantas, las piedras, las nubes, los colores y el corazón humano. Era un coleccionista de mundos.
El joven que incendió Europa
Cuando tenía apenas veinticinco años publicó Las penas del joven Werther.
La novela cuenta la historia de un muchacho sensible que ama desesperadamente a una mujer imposible. El libro fue un terremoto. Jóvenes de toda Europa comenzaron a vestir como Werther. Algunos aprendieron a llorar con él. Otros llegaron a imitar su trágico destino.
De pronto, Goethe era famoso. Pero la fama no le satisfizo. Sentía que la celebridad era una jaula dorada.
Weimar: el laboratorio de una vida
Fue invitado a la corte de Weimar, una pequeña ciudad que acabaría convirtiéndose en uno de los centros culturales de Europa.
Allí hizo algo extraño para un poeta: se dedicó a administrar minas, caminos, finanzas y asuntos de gobierno. Mientras otros escritores vivían encerrados entre libros, Goethe estudiaba geología, botánica, anatomía y política.
Era como si quisiera demostrar que la poesía no vive lejos de la realidad, sino en medio de ella.
El viaje al sur
A los treinta y siete años escapó de todo.
Viajó a Italia buscando luz, belleza y renovación. Frente a las ruinas romanas y las esculturas clásicas sintió que volvía a nacer.
Ese viaje transformó su arte. El joven tempestuoso de Werther empezó a convertirse en un escritor más sereno, más amplio, más consciente de la complejidad humana.
Fausto: el hombre que quería demasiado
Durante gran parte de su vida trabajó en una obra monumental: Fausto.
Fausto es un sabio que, insatisfecho con todo lo que sabe, hace un pacto con el diablo para alcanzar una experiencia ilimitada.
No es difícil ver a Goethe dentro de ese personaje.
Porque Goethe también parecía perseguir una pregunta imposible:
¿Cómo puede un ser humano vivir plenamente una sola vida cuando el universo ofrece infinitas posibilidades?
Fausto estudia, ama, fracasa, sueña, cae y se levanta. Es la historia de la ambición humana en su forma más grandiosa y más peligrosa.
El científico
Muchos olvidan que Goethe también fue científico.
Investigó las plantas y formuló ideas sobre la transformación de las especies. Escribió una influyente teoría de los colores. Observaba la naturaleza con la misma pasión con la que escribía versos.
Para él, la ciencia y la poesía eran dos ventanas abiertas hacia el mismo paisaje.
El anciano que seguía creciendo
A diferencia de muchos genios que brillan temprano y se consumen, Goethe envejeció expandiéndose.
Mientras los años acumulaban canas sobre su cabeza, seguía escribiendo, estudiando y enamorándose de la vida.
Murió en 1832 en Weimar. Había vivido ochenta y dos años, una eternidad para su época.
La leyenda cuenta que sus últimas palabras fueron:
"Mehr Licht!"
"¡Más luz!"
Quizás las dijo. Quizás no. Pero pocas frases encajan tan bien con su existencia.
Porque Goethe pasó toda su vida persiguiendo precisamente eso: más luz sobre la naturaleza, más luz sobre el amor, más luz sobre el arte, más luz sobre el misterio de estar vivos.
Fue poeta, novelista, dramaturgo, científico, funcionario, viajero y filósofo. Un hombre que caminó por muchos caminos sin instalarse en ninguno.
Como si hubiera comprendido que la vida no consiste en elegir una sola ventana, sino en abrir todas las que se pueda antes de que caiga la noche.

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