Nadie educa a nadie, los hombres e educan entre sí con la mediación del mundo
La frase de Paulo Freire parece sencilla, pero contiene una revolución entera:
"Nadie educa a nadie, los hombres se educan entre sí con la mediación del mundo."
Freire está atacando una idea muy antigua: la del maestro como dueño del conocimiento y el alumno como recipiente vacío. Para él, la educación no es una transferencia de información, como quien vierte agua en una botella. Es un encuentro.
Nadie educa a nadie porque nadie posee la verdad completa. Incluso quien enseña aprende. El maestro puede tener más experiencia o conocimientos en un área, pero también está siendo transformado por las preguntas, las dudas y la mirada de sus estudiantes. La educación auténtica es diálogo, no monólogo.
Y tampoco nos educamos solos. Freire rechaza la imagen del individuo aislado que descubre todo por sí mismo. Aprendemos en relación con otros seres humanos. Nuestra conciencia se forma en la conversación, en el conflicto, en la cooperación y en la experiencia compartida.
La clave de la frase está en la última parte: "con la mediación del mundo".
El verdadero maestro no es únicamente una persona. También lo son la pobreza, el amor, el trabajo, la injusticia, la naturaleza, la historia, la muerte y la esperanza. Dos personas dialogan porque hay algo delante de ellas que intentan comprender juntas: el mundo.
Un campesino y un profesor pueden sentarse a hablar sobre la tierra. El profesor quizá conozca teorías agrarias; el campesino conoce el lenguaje del clima, del barro y de las cosechas. Ninguno posee toda la verdad. El conocimiento nace del encuentro entre ambos y de la realidad que intentan entender.
Por eso esta frase es profundamente democrática. Afirma que todo ser humano tiene algo que enseñar porque todo ser humano tiene una experiencia del mundo. La educación deja de ser un acto de autoridad y se convierte en una construcción colectiva.
Hay también una lección de humildad. Cada vez que creemos haber llegado a una verdad definitiva, el mundo nos contradice, nos sorprende o nos obliga a volver a aprender. Somos aprendices permanentes.
Freire nos recuerda que una escuela, una biblioteca o una conversación entre amigos no son fábricas de respuestas. Son talleres donde las personas se reúnen para descifrar juntas el misterio de estar vivos.
Como un grupo de navegantes en la misma embarcación, ninguno conoce por completo el océano. Pero observando las estrellas, las corrientes y el horizonte entre todos, pueden encontrar el rumbo. Ahí ocurre la educación. No en la voz de uno solo, sino en el diálogo de muchos con el mundo que comparten.
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