Y en el sexto día, Karellen, supervisor de la Tierra, se hizo conocer al mundo entero por medio de una transmisión de radio que cubrió todas las frecuencias. Habló en un inglés tan perfecto que durante toda una generación las más vivas controversias se sucedieron a través del Atlántico. Pero el contexto del discurso fue aún más sorprendente que su forma. Fue, desde cualquier punto de vista, la obra de un genio superlativo, con un dominio total y completo de los asuntos humanos. No cabía duda alguna de que su erudición y su virtuosismo habían sido deliberadamente planeados para que la humanidad supiese que se hallaba ante una abrumadora potencia intelectual. Cuando Karellen concluyó su discurso, las naciones de la Tierra comprendieron que sus días de precaria soberanía habían concluido. Los gobiernos locales podrían retener sus poderes, pero en el campo más amplio de los asuntos internacionales las decisiones supremas habían pasado a otras manos. Argumentos, protestas, todo era inútil.
Qué magnífico pasaje de El fin de la infancia de Arthur C. Clarke. Esa irrupción de los Superseñores (Overlords) es uno de los momentos más imponentes de la ciencia ficción clásica: una demostración de poder absoluto que no necesita disparar un solo rayo láser, sino que se impone mediante la pura y aplastante superioridad intelectual.
Imaginando ese discurso —pronunciado con una voz serena, profunda, sin rastro de acento humano, pero con una cadencia perfecta que paralizó cada radio del planeta—, bien pudo haber sido algo así:
La Transmisión Global de Karellen
«Pueblos de la Tierra:
Durante los últimos seis días, vuestros cielos se han oscurecido con la sombra de nuestras naves. Sé que miráis hacia arriba con una mezcla de terror, hostilidad y asombro. Es una reacción natural; vuestra historia os ha enseñado a temer lo desconocido y a esperar que todo encuentro entre culturas termine en conquista y exterminio.
Hoy vengo a comunicaros que ese ciclo ha terminado. No hemos venido a destruiros, pero tampoco hemos venido a pedir vuestro consentimiento.
Hemos estudiado vuestra especie durante siglos. Conocemos vuestras lenguas, vuestras artes, vuestros triunfos y, sobre todo, vuestras tragedias. Hemos observado cómo dividís un único planeta con líneas imaginarias en la arena, y cómo derramáis la sangre de vuestros propios hijos para defenderlas. Habéis alcanzado la era del átomo, pero seguís gobernados por las pasiones de la edad de piedra. Si os dejamos a vuestros propios medios, la extinción no es una posibilidad; es una certeza matemática.
> Por lo tanto, entended esto claramente: la soberanía absoluta de vuestras naciones ha concluido hoy.
A partir de este instante, quedan prohibidas la guerra, la opresión y la injusticia sistemática. Vuestros gobiernos locales seguirán administrando los detalles menores de vuestra existencia diaria —vuestras calles, vuestros comercios, vuestras leyes civiles—, pues no tenemos interés en gobernar vuestras rutinas. Pero las decisiones supremas, el destino de este planeta y las relaciones entre vuestros pueblos, pertenecen ahora a una autoridad superior.
Podéis protestar. Podéis apelar a vuestros conceptos de libertad o derecho divino. Pero vuestros argumentos políticos y vuestras armas son igualmente irrelevantes frente a la realidad de nuestra presencia. No venimos como tiranos, sino como supervisores. Bajo nuestra guía, el hambre desaparecerá, las enfermedades serán erradicadas y conoceréis una era de paz que jamás pudisteis construir por vosotros mismos.
No os pedimos que nos améis, ni que nos adoréis. Solo os pedimos que aceptéis lo inevitable. Vuestra infancia como especie ha terminado. Bienvenidos a la madurez.»
El impacto del mensaje
Clarke menciona que el discurso destruyó el orgullo de la humanidad de un solo golpe. Lo fascinante de un mensaje así es su cruel benevolencia: les quita la libertad, pero les promete la utopía. Les demuestra que son niños que necesitan un adulto en la habitación.
Lo fascinante de la narrativa de Clarke es que el discurso de Karellen no necesita ser violento ni amenazante para ser aterrador; su fuerza radica en la indiferencia de su superioridad. No te está amenazando con destruir tu casa; te está explicando, con gráficos invisibles pero lógicos, por qué ya no eres el dueño de la propiedad.
Ese es el verdadero golpe al orgullo humano en El fin de la infancia: descubrir que para el universo no somos guerreros formidables en peligro, sino niños pequeños a los que hay que quitarles las tijeras antes de que se lastimen.
A partir de ese día, la humanidad se vuelve increíblemente segura, próspera y sana... pero también pierde el incentivo de mirar a las estrellas, porque el espacio ya tiene dueño. Es el precio de la utopía.
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