El peligro del pasado era que los hombres se convirtieran en esclavos. El peligro del futuro es que los hombres puedan convertirse en robots. Es cierto que los robots no se rebelan. Pero, dada la naturaleza del hombre, los robots no pueden vivir y permanecer cuerdos; se convierten en 'gólems'; destruirán su mundo y a sí mismos porque ya no pueden soportar más el aburrimiento de una vida sin sentido.
ERICH FROMM.
La frase de Erich Fromm condensa una de sus preocupaciones centrales: la mayor amenaza para la humanidad no es solo la opresión externa, sino la pérdida de nuestra humanidad.
"El peligro del pasado era que los hombres se convirtieran en esclavos."
Fromm reconoce que durante gran parte de la historia el principal problema fue la dominación directa: esclavitud, servidumbre, dictaduras y explotación. El individuo era sometido por la fuerza. Su libertad era limitada por un amo visible.
"El peligro del futuro es que los hombres puedan convertirse en robots."
Aquí "robot" no significa una máquina de metal, sino una persona que funciona automáticamente. Alguien que trabaja, consume, obedece, produce opiniones y sigue rutinas sin preguntarse por qué vive ni qué desea realmente. Es una crítica a la sociedad industrial y de consumo, donde la eficiencia puede terminar sustituyendo a la reflexión, la creatividad y el juicio propio.
Paradójicamente, un "robot humano" puede sentirse libre porque nadie lo obliga con un látigo. Sin embargo, sus deseos, sus miedos e incluso sus opiniones pueden estar moldeados por la publicidad, las redes sociales, el mercado o la presión de pertenecer a un grupo.
"Los robots no pueden vivir y permanecer cuerdos."
Fromm sostiene que el ser humano necesita algo más que comodidad material. Necesita significado, amor, creación, vínculos auténticos y libertad interior. Cuando todo eso desaparece, aparecen el vacío existencial, la ansiedad, la depresión o la violencia.
Por eso habla del gólem, la criatura de la tradición judía hecha de barro que cobra vida pero carece de verdadera conciencia. Es una metáfora poderosa: una sociedad puede estar llena de personas técnicamente eficientes, pero espiritualmente vacías.
"Destruirán su mundo y a sí mismos porque ya no pueden soportar más el aburrimiento de una vida sin sentido."
Esta es quizá la parte más inquietante. Fromm sugiere que una vida sin propósito acaba generando conductas autodestructivas. El aburrimiento profundo no es simplemente falta de entretenimiento; es la experiencia de que nada tiene valor. Entonces las personas buscan estímulos cada vez más intensos: consumo compulsivo, adicciones, fanatismos, violencia o la necesidad constante de distracción.
Una reflexión para el siglo XXI
La frase parece escrita para nuestra época. Vivimos rodeados de algoritmos, inteligencia artificial y redes sociales que pueden facilitar la vida, pero también convertirnos en consumidores permanentes de contenido, incapaces de sostener la atención, cuestionar nuestras creencias o construir un proyecto vital propio.
Fromm no estaba en contra de la tecnología. Advertía contra una cultura donde el ser humano adopta la lógica de las máquinas: medir todo por productividad, rendimiento y utilidad, olvidando aquello que no puede cuantificarse, como el amor, la contemplación, el arte, la solidaridad o la búsqueda de la verdad.
Conclusión
La frase contrapone dos formas de perder la libertad. Antes, el enemigo era el amo que imponía cadenas visibles. Hoy, el riesgo es convertirnos voluntariamente en piezas de un sistema que premia la conformidad y la automatización.
La advertencia de Fromm sigue siendo vigente: una sociedad puede ser extraordinariamente avanzada desde el punto de vista tecnológico y, al mismo tiempo, profundamente empobrecida desde el punto de vista humano. El desafío no consiste solo en crear máquinas inteligentes, sino en evitar que los seres humanos dejen de pensar, de amar, de crear y de preguntarse por el sentido de su existencia.
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