miércoles, 29 de julio de 2026

 


María Elena Walsh la mujer que escondía dinamita dentro de una canción

Hay personas que levantan monumentos.

María Elena Walsh sembró jardines.

Y, sin embargo, los jardines pueden ser más peligrosos que los monumentos.

Un monumento obliga a mirar hacia arriba. Un jardín obliga a agacharse. A descubrir que la revolución puede esconderse en una flor, en una tortuga, en una reina de batatas o en una canción que un niño canta camino a la escuela sin sospechar que lleva entre los labios una pequeña declaración de independencia.

Nació en una Argentina que todavía creía que la infancia era un territorio que debía disciplinarse. Los adultos hablaban. Los niños obedecían. La imaginación era un lujo y, muchas veces, una pérdida de tiempo.

Ella decidió hacer exactamente lo contrario.

Inventó un reino donde los peces volaban, donde las vacas estudiaban inglés, donde las tortugas viajaban a París y donde el absurdo tenía más sentido que la realidad.

Muchos creyeron que escribía tonterías.

No entendieron nada.

Porque el humor tiene una virtud extraordinaria: pasa las aduanas del poder sin que los guardianes registren el equipaje.

Mientras los censores buscaban discursos peligrosos, María Elena Walsh escondía preguntas dentro de canciones infantiles.

¿Qué ocurre cuando el mundo está al revés?

Tal vez la verdadera pregunta era otra.

¿Y si el mundo que llamamos normal ya estaba al revés desde hace mucho tiempo?

Las dictaduras desconfían de los libros.

Pero todavía desconfían más de la imaginación.

Un ciudadano puede aceptar una mentira durante años. Un niño que ha aprendido a imaginar descubre demasiado pronto que la realidad también podría ser distinta.

Por eso la fantasía nunca ha sido un simple entretenimiento.

Es un ensayo de la libertad.

Cuando llegaron los años del miedo en Argentina, Walsh comprendió que el silencio también podía convertirse en una cárcel. Entonces escribió con la serenidad de quien no necesita gritar para derribar un muro.

No levantó el puño.

Levantó la palabra.

Y la palabra, cuando está limpia de odio y llena de verdad, puede durar mucho más que cualquier uniforme.

Después vino Como la cigarra.

Pocas canciones han logrado resumir con tanta sencillez la obstinación humana.

«Tantas veces me mataron...»

No habla solamente de una persona.

Habla de un pueblo.

Habla de todos aquellos que alguna vez fueron humillados, silenciados, expulsados o derrotados.

Y, aun así, regresaron.

Porque hay seres humanos que sobreviven.

Y hay otros que renacen.

María Elena Walsh pertenecía a los segundos.

Quizá por eso nunca escribió desde el resentimiento.

Escribía desde la esperanza.

Una esperanza lúcida, que conocía la crueldad del mundo sin dejar que esa crueldad contaminara la belleza.

Esa es una forma rara de valentía.

No consiste en destruir la oscuridad.

Consiste en seguir encendiendo lámparas.

Hoy millones de personas recuerdan sus canciones con una sonrisa.

Es un recuerdo engañoso.

Creen estar recordando su infancia.

En realidad están recordando el instante en que alguien les enseñó, sin que lo notaran, que la imaginación podía ser más fuerte que el miedo.

Que la ternura no era debilidad.

Que el humor podía desafiar al poder.

Y que un país empieza a perder su libertad mucho antes de que prohíban los libros.

Empieza a perderla cuando deja de contar historias.

María Elena Walsh murió en 2011.

Eso dicen los calendarios.

Pero los calendarios entienden muy poco de los escritores.

Porque cada vez que un niño canta Manuelita, cada vez que alguien sonríe al escuchar El Reino del Revés, cada vez que una persona se niega a aceptar que la realidad es la única realidad posible, ella vuelve a nacer.

Algunas personas dejan herencias.

Ella dejó un idioma un poco más libre.

Y quizá no exista legado más grande que ese. 

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