Hay una edad en la vida en la que uno descubre una verdad incómoda: no todo lo que nos molesta merece nuestro enojo.
No es una revelación particularmente glamorosa.
No aparece un monje tibetano en una montaña.
No cae un rayo.
No escuchas una sinfonía celestial.
A veces simplemente estás en el supermercado comprando pescado y un empleado te dice:
"Ahí están las bolsas."
Y tú piensas:
"¿Y este cabrón por qué me habla así?"
Ahí comienza la aventura espiritual.
Porque el verdadero problema no es el pescado.
El problema es que llevamos dentro una pequeña central nuclear dedicada exclusivamente a producir indignación.
El tráfico.
La gente que camina despacio.
La gente que camina demasiado rápido.
El cajero.
El vecino.
El teléfono.
La fila.
El clima.
El perro.
El gobierno.
El gobierno anterior.
El gobierno actual.
El gobierno que todavía ni siquiera existe.
Todo puede convertirse en una ofensa personal.
Alguien se tarda tres segundos más en arrancar el automóvil y ya estamos elaborando mentalmente su expediente psiquiátrico.
Alguien deja el carrito en medio del pasillo del supermercado y pensamos que probablemente nunca recibió educación, que sus padres hicieron un trabajo lamentable y que la civilización occidental está en decadencia.
Todo por un carrito.
Un carrito con ruedas.
Y entonces uno empieza a preguntarse:
¿Cuánta energía de nuestra vida desperdiciamos reaccionando ante pequeñas cosas que dentro de una hora ni siquiera recordaremos?
Porque hay algo particularmente absurdo en nuestra especie.
Podemos sobrevivir a una enfermedad, a una pérdida, a una crisis económica, a una separación, a una pandemia, a una guerra...
pero alguien nos cambia de lugar una taza y podemos pasar veinte minutos indignados.
Tenemos una capacidad impresionante para asignarle importancia monumental a las cosas microscópicas.
Y quizá ahí está una parte de la salud que rara vez aparece en los consejos sobre salud.
Nos dicen que debemos comer mejor.
Hacer ejercicio.
Dormir.
Tomar agua.
Perfecto.
Pero nadie nos dice:
"Y deje de pelear mentalmente con todo el mundo."
Porque también se puede vivir con una inflamación emocional permanente.
Uno se levanta.
Se molesta.
Desayuna.
Se molesta.
Sale.
Se molesta.
Maneja.
Se molesta.
Compra.
Se molesta.
Regresa a casa.
Y luego se pregunta por qué está cansado.
¡Pues claro que está cansado!
Ha pasado doce horas librando guerras que nadie declaró.
Porque quizá no se trata únicamente de aprender a contener el enojo.
Quizá se trata de aprender a ver lo absurdo antes de ver la ofensa.
La humanidad construyó telescopios capaces de observar galaxias a miles de millones de años luz y nosotros podemos perder la tranquilidad porque alguien nos indicó dónde están las bolsas del supermercado.
Tal vez necesitamos perspectiva.
Y aquí aparece una diferencia importante.
No se trata de aguantarlo todo.
Si alguien te agrede, te humilla, abusa de ti o comete una injusticia, claro que puedes responder.
La serenidad no significa convertirse en tapete.
Significa aprender a distinguir.
Una cosa es:
"Esto está mal y voy a actuar."
Y otra:
"Esto me irritó y voy a hacer que todo mi día gire alrededor de ello."
La primera es una respuesta.
La segunda es regalarle tu día a una situación que probablemente ni siquiera recuerda que existes.
También hay otra trampa.
Muchas veces confundimos nuestras preferencias con leyes universales.
"Esto debería ser así."
"Él debería haberlo hecho de otra manera."
"Ella debería entender."
"El tráfico debería avanzar."
"La gente debería tener sentido común."
Sí.
Claro.
Y los gatos deberían pagar impuestos.
La realidad no funciona así.
El mundo no recibió nuestro manual de instrucciones.
La gente hace cosas que no nos gustan.
La gente habla de maneras que no nos gustan.
La gente se equivoca.
La gente es torpe.
La gente tiene malos días.
Y, ocasionalmente, nosotros también somos esa gente.
Ese último detalle suele desaparecer misteriosamente de nuestro análisis.
Quizá una de las formas más útiles de cuidar nuestra salud sea aprender a hacer una pausa entre lo que ocurre y lo que hacemos con ello.
Sucede algo.
Me irrito.
Pausa.
¿Es importante?
¿Puedo hacer algo?
¿Necesito responder?
¿O simplemente puedo dejarlo pasar?
Y algunas veces la respuesta será:
"Déjalo pasar, carajo."
No porque no importe nada.
Sino porque no todo merece cobrar entrada a nuestra cabeza.
Hay una frase sencilla que quizá valga la pena recordar:
No todo merece una reacción.
Algunas cosas necesitan una respuesta.
Algunas necesitan una conversación.
Algunas necesitan poner límites.
Y algunas necesitan exactamente lo contrario:
que uno se ría, respire y siga caminando.
Con su pescado.
Con sus bolsas.
Con su vida.
Porque quizá envejecer bien no consiste únicamente en conservar músculos, huesos y corazón funcionando.
También consiste en dejar de gastar el alma en estupideces.
Uno tiene una cantidad limitada de días.
Una cantidad limitada de mañanas.
Una cantidad limitada de conversaciones.
Una cantidad limitada de tardes en el supermercado.
Y sería una verdadera tragedia desperdiciarlas todas indignados porque alguien puso las bolsas en otro lugar.
Así que quizá el próximo objetivo no sea ser más paciente.
Ni más espiritual.
Ni más positivo.
Quizá sea algo mucho más sencillo:
gruñir menos.
Y, cuando sea posible,
reírse un poco más.
Porque después de todo, el mundo ya tiene suficientes personas empeñadas en convertir cada pequeño inconveniente en el fin de la civilización.
No necesitamos ser una de ellas.
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