domingo, 26 de julio de 2026

 


John Milton: cuando la pluma desafió a la corona

Hay escritores que describen su tiempo, y hay escritores que intentan cambiarlo. John Milton pertenecía a la segunda categoría. No concebía la literatura como un refugio para escapar del mundo, sino como un arma para transformarlo. Mientras otros escribían sonetos sobre el amor, él escribía panfletos que podían costarle la vida.

Su época era una pregunta gigantesca: ¿quién tiene derecho a gobernar? Durante siglos, la respuesta había sido sencilla: el rey, porque Dios así lo quería. Milton respondió con una idea explosiva: el poder no pertenece al monarca; pertenece al pueblo. Y si un gobernante se convierte en tirano, deja de ser legítimo.

Hoy esa afirmación parece casi obvia. En el siglo XVII era dinamita.

Cuando Carlos I fue ejecutado, Europa quedó horrorizada. Matar a un rey era considerado un crimen contra el orden del universo. Milton, en cambio, escribió para justificar esa decisión. No celebraba la violencia; defendía un principio: ningún gobernante está por encima de la ley. Si un rey destruye las libertades de su pueblo, ese pueblo tiene el derecho de destituirlo.

Su compromiso no terminó en los libros. Trabajó para el gobierno republicano de Oliver Cromwell, convencido de que Inglaterra podía convertirse en una nación libre de la monarquía absoluta. Como muchos idealistas de la historia, descubrió que la realidad nunca es tan pura como las ideas. El gobierno que ayudó a defender también concentró poder y tomó decisiones cuestionables.

Quizá esa sea una de las lecciones más importantes de Milton: luchar contra un tirano no garantiza construir una sociedad justa. Derribar un trono es mucho más sencillo que evitar que otro ocupe su lugar.

Sin embargo, su legado más duradero no fue la defensa de la república, sino de la libertad de expresión. En Areopagitica argumentó que censurar libros era desconfiar de la capacidad humana para distinguir la verdad del error. Una verdad protegida por la censura es una verdad débil. Solo al enfrentarse a las ideas contrarias demuestra su fortaleza.

Paradójicamente, el propio Milton terminaría siendo víctima de aquello que combatía. Cuando regresó la monarquía, fue perseguido, encarcelado y sus escritos fueron quemados. El poder cambió de manos, pero conservó la vieja costumbre de silenciar a quien piensa diferente.

Tal vez por eso su historia sigue siendo actual. Cada generación afirma defender la libertad, pero casi todas sienten la tentación de limitarla cuando la crítica se dirige contra ellas. Cambian las banderas, cambian los discursos y cambian los gobernantes, pero la relación entre el poder y la disidencia parece repetir siempre el mismo guion.

John Milton entendió algo que sigue incomodando a cualquier autoridad: una sociedad libre no se define por la ausencia de conflicto, sino por su capacidad para tolerar voces que cuestionan al poder. La libertad de expresión no existe para proteger las opiniones populares; existe, sobre todo, para proteger las impopulares.

Quizá esa sea la razón por la que, siglos después, seguimos leyendo a Milton. No porque tuviera todas las respuestas, sino porque formuló una pregunta que nunca deja de ser relevante: ¿quién vigila a quienes dicen gobernar en nombre del pueblo?

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