domingo, 1 de febrero de 2026

 Alfred Nobel nació en 1833, en Estocolmo, en una familia marcada por los explosivos y la quiebra. Su padre era ingeniero e inventor, obsesionado con la nitroglicerina, una sustancia tan poderosa como inestable. Desde niño, Alfred vivió entre laboratorios improvisados, accidentes, deudas y mudanzas. Aprendió idiomas como otros aprenden a caminar: sueco, ruso, francés, inglés, alemán. Era químico, sí, pero también poeta. Admiraba a Shelley y escribía versos melancólicos. Ese detalle suele olvidarse.

La nitroglicerina era una bomba esperando excusa. En 1864, una explosión mató a su hermano Emil y a varios trabajadores. Lejos de abandonar la investigación, Nobel se obsesionó con domar ese caos. En 1867 logró estabilizarla mezclándola con tierra de diatomeas: nació la dinamita. El mundo cambió. Túneles, carreteras, minería… y guerras. Nobel se volvió riquísimo, dueño de fábricas por toda Europa y América. Más de 350 patentes. Un imperio construido sobre algo que podía abrir montañas o despedazar cuerpos.

Pero aquí viene el quiebre moral.

En 1888 murió su hermano Ludvig. Un periódico francés confundió al muerto y publicó el obituario de Alfred con un título brutal:
“El mercader de la muerte ha muerto.”
Decía que se había enriquecido encontrando formas más eficientes de matar personas.

Nobel leyó su propio juicio final estando vivo. Y le dolió. No era un cínico; era un hombre solitario, depresivo, con mala salud y una conciencia que no lo dejaba dormir. Temía ser recordado solo como eso: un traficante de muerte con bata blanca.

Entonces hizo algo extraño para un multimillonario del siglo XIX: reconstruyó su legado.

En su testamento destinó casi toda su fortuna a crear premios anuales para quienes aportaran “el mayor beneficio a la humanidad” en física, química, medicina, literatura y paz. La paz: el inventor de explosivos financiando un premio para quienes lucharan contra la guerra. No es hipocresía simple; es culpa convertida en institución.

Murió en 1896, solo, en Italia. No tuvo hijos. Su familia peleó el testamento. Muchos lo consideraron una locura. Pero en 1901 se entregaron los primeros Premios Nobel, y desde entonces su nombre dejó de estar asociado únicamente a la dinamita.

La historia de Alfred Nobel no es la de un villano ni la de un santo. Es la de un hombre que entendió tarde que la memoria pública es una sentencia, y decidió intervenir en ella. Quiso que el mundo recordara no lo que había creado, sino lo que intentó reparar.

Una pregunta queda flotando —y no es menor hoy—:
¿basta con financiar el bien para redimir el daño que ayudaste a hacer?

Nobel nunca respondió. Solo dejó el dinero… y el remordimiento organizado.

 Decir “los humanos somos egoístas por naturaleza” es una frase potente, pero conceptualmente floja si se deja así, sin matices. Funciona más como provocación retórica que como verdad científica o filosófica sólida.

Vamos por partes.


1. ¿Existe evidencia de un egoísmo “natural”?

Depende de qué entiendas por naturaleza.

  • Biología evolutiva:
    Sí, los humanos tenemos impulsos de autopreservación. Comer, sobrevivir, protegernos. Eso no es egoísmo moral, es instinto. Un león no es egoísta por cazar.

  • Pero: la misma biología muestra cooperación, altruismo, empatía, incluso sacrificio. La especie humana sobrevive por cooperación, no por individuos aislados.

👉 Si el egoísmo fuera nuestra esencia dominante, no habría sociedades, ni lenguaje, ni cuidado prolongado de las crías, ni cultura.


2. El truco conceptual: confundir interés propio con egoísmo

Aquí muchos autores hacen trampa.

  • Interés propioegoísmo

  • Querer vivir bien, ser reconocido, amar, proteger a los tuyos no es egoísmo, es condición humana.

El egoísmo, en sentido fuerte, es:

Buscar el propio beneficio a costa del daño o la negación del otro.

Eso no es universal ni constante en los humanos. Es situacional, cultural, histórico.


3. Psicología: el humano es ambivalente, no egoísta

Desde la psicología profunda:

  • Freud: pulsión de vida y pulsión de muerte. Amor y agresión conviven.

  • Rogers / Yalom :
    El ser humano tiende al vínculo, al reconocimiento mutuo, a la autenticidad, si las condiciones no lo deforman.

No nacemos egoístas: nos defendemos cuando somos heridos, humillados o precarizados.


4. Sociología: el egoísmo como producto, no como esencia

Aquí está el punto político.

Sociedades competitivas, neoliberales, jerárquicas:

  • Premian el “sálvese quien pueda”

  • Castigan la solidaridad

  • Normalizan la indiferencia

Luego dicen:

“Ves, el humano es egoísta por naturaleza”.

No.
👉 Es una profecía autocumplida.

Como diría Bourdieu: el sistema produce sujetos acordes a su lógica y luego la presenta como “naturaleza humana”.


5. ¿Por qué esta frase gusta tanto?

Porque absuelve:

  • Al poderoso: “no es mi culpa, así somos”

  • Al cínico: “no esperes nada de nadie”

  • Al sistema: “no hay alternativa”

Es una frase ideológica, no inocente.


6. Una formulación más honesta

Si el autor fuera riguroso diría algo así:

“Los seres humanos tenemos capacidad tanto para el egoísmo como para la cooperación; qué predomina depende de las condiciones materiales, culturales y afectivas.”

Eso es menos provocador, pero mucho más verdadero.


Cierre

No: no somos egoístas por naturaleza.
Somos vulnerables, relacionales, capaces de cuidado y de daño.

Decir que el egoísmo es nuestra esencia dice más del mundo que habitamos que de lo que somos.

 

Fleischmann y Pons: la herejía de la energía imposible

En marzo de 1989, dos electroquímicos respetados —Martin Fleischmann y Stanley Pons— anunciaron algo que sonaba a milagro moderno: habían logrado fusión nuclear a temperatura ambiente, la llamada fusión fría. Si era cierto, el mundo cambiaría para siempre. Energía limpia, barata, prácticamente infinita. El Santo Grial científico.

Y sin embargo, lo que siguió fue una de las cacerías intelectuales más violentas del siglo XX.

I. No eran charlatanes

Este punto es crucial y suele borrarse.

Fleischmann no era un excéntrico marginal:
era uno de los electroquímicos más importantes del mundo, miembro de la Royal Society. Pons, su colaborador, tampoco era un improvisado. No eran vendedores de humo ni gurús new age. Eran científicos formados dentro del corazón de la ciencia institucional.

Esto vuelve el caso perturbador:
no era un ataque desde fuera del sistema, sino una grieta dentro de él.

II. El pecado original: anunciar antes de tiempo

Su error —y fue grave— no fue investigar algo “imposible”, sino anunciarlo públicamente antes de una validación sólida y reproducible.

¿Por qué lo hicieron?

Aquí entra la política de la ciencia:

  • Temían que otros grupos les robaran la primicia.

  • Había presión institucional (la Universidad de Utah quería prestigio y patentes).

  • La lógica mediática ya estaba colonizando la ciencia: publica o muere, pero ahora en horario estelar.

En vez de pasar primero por la comunidad científica, pasaron por la prensa. Y eso, en ciencia es como declarar una revolución por televisión antes de tomar el palacio.

III. La reacción: no solo escepticismo, sino humillación

Lo que vino después no fue un debate sereno.

Fue:

  • Ridiculización pública

  • Experimentos apresurados diseñados para refutarlos

  • Titulares crueles

  • Cancelación académica antes de que existiera la palabra

La fusión fría se convirtió en objeto de burla, no de investigación. Y aquí aparece algo muy humano:
la ciencia, que presume racionalidad, también defiende dogmas.

La física nuclear dominante decía:

eso no puede pasar, y si no puede pasar, entonces no pasó.

El principio de imposibilidad teórica pesó más que la observación experimental.

IV. ¿Tenían razón? La pregunta prohibida

La respuesta honesta —y esta es la parte incómoda— es:

No demostraron de forma concluyente lo que afirmaban.
Pero tampoco se demostró con claridad que todo fuera fraude o error trivial.

Décadas después:

  • Se han observado anomalías térmicas similares en otros laboratorios.

  • Se habla ahora de LENR (Low Energy Nuclear Reactions) para evitar el estigma de “fusión fría”.

  • Incluso agencias gubernamentales han financiado discretamente investigaciones relacionadas.

Lo que murió no fue la pregunta, sino la legitimidad de hacerla.

V. Ciencia y poder: una lección incómoda

Este caso revela algo profundo:

La ciencia no es solo un método,
es una institución con jerarquías, intereses y fronteras ideológicas.

Fleischmann y Pons no solo desafiaron una teoría física,
desafiaron:

  • Inversiones multimillonarias en fusión caliente

  • El prestigio de físicos teóricos dominantes

  • La idea de que solo ciertos campos “tienen derecho” a hacer descubrimientos fundamentales

Un electroquímico no debía resolver el problema energético del mundo.
Eso le correspondía al templo correcto.

VI. El miedo al milagro

Hay algo casi teológico aquí.

La fusión fría no daba miedo por imposible,
sino por demasiado posible y demasiado transformadora.

Energía abundante implica:

  • Menos control

  • Menos dependencia

  • Menos poder concentrado

No afirmo conspiraciones simplistas, pero sí resistencias estructurales.
Los sistemas no aman las disrupciones que no controlan.

VII. Epílogo trágico

Fleischmann murió sin ver rehabilitado su nombre.
Pons se exilió científicamente.

No como mártires heroicos sin culpa,
sino como figuras trágicas:
científicos que se atrevieron a decir “y si…”, y pagaron el precio máximo.


Conclusión

El caso Fleischmann–Pons no trata solo de fusión fría.
Trata de los límites invisibles del pensamiento aceptable.

Nos recuerda que:

  • La ciencia avanza cuestionando, pero castiga duramente al que se equivoca en público.

  • No todo lo rechazado es falso; a veces es simplemente intolerable para el orden vigente.

  • El escepticismo es sano, pero el escarnio es ideológico.

Como diría alguien más cercano

La herejía no siempre es verdad,
pero toda verdad nueva empieza siendo herejía.

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