sábado, 24 de enero de 2026



 Vincent van Gogh nació con el sol torcido y el corazón en llamas. 

No vino al mundo para encajar marcos, sino para romperlos a mordidas de color. Llegó tarde al aplauso y temprano al dolor: así se escriben los destinos que importan.

Fue pastor sin rebaño, vendedor de cuadros ajenos, hermano fiel de Theo —su ancla y su espejo—, y aprendiz eterno de la intemperie. Amó como quien incendia una casa para calentarse. Pintó como quien reza sin iglesia. Cada pincelada fue una carta urgente enviada al futuro, con sellos de azufre y trigo.
Los girasoles no eran flores: eran soles cautivos. La noche no era noche: era un remolino azul que respiraba. Los campos vibraban porque él los escuchaba; el amarillo gritaba porque él lo dejaba. Van Gogh no copiaba la realidad: la apretaba hasta que sangraba luz.
La oreja —ese mito— fue menos un escándalo que un síntoma: cuando el mundo duele, uno intenta oír de otro modo. Y él oyó. Oyó el temblor de los cipreses, la tos de los pueblos, el latido de la pobreza, la risa nerviosa del cielo.

Murió joven, sí, pero no temprano. 
Había vivido siglos en una década. Se fue sin saber que su nombre sería pan y relámpago, que sus cuadros colgarían como himnos en paredes blancas, que el fracaso es a veces una incubadora de eternidad.

Van Gogh no pidió permiso
Pintó. Y al hacerlo, dejó una verdad simple y feroz: hay almas que nacen para arder, y en su incendio nos enseñan a ver. 

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