martes, 13 de enero de 2026

 No hace mucho coincidía en la grabación de uno de los programas con más solera de la parrilla televisiva, La aventura del saber, con el profesor Martínez Mojica, un pionero de nivel internacional en la técnica de CRISPR, el corta-pega genético, y le preguntaba sobre el proceso de responsabilidad ética en sus investigaciones. Me contestó que la Universidad tenía un comité bioético y me explicó su labor como investigador, desarrollando la parte técnica en conjunción con otros expertos internacionales. Recuerdo que le comenté mi sorpresa al descubrir que en el actual Comité Nacional de Bioética no había ningún especialista en ética, todos eran doctores en Derecho, Medicina, Biología, Ciencias Económicas…, y un único licenciado en Filosofía y Teología de entre los trece miembros que lo componen. Este dato, a mi entender, es significativo sobre el modelo de sociedad en el que nos encontramos, donde la ciencia y la técnica, bajo el imperio de la economía, marcan el paso a seguir, y muy por detrás, a una distancia cada vez más infranqueable, se halla una «curiosidad humanística», que llena las estanterías de libros de autoayuda pero que no solventa este tipo de cuestiones. Por supuesto, al analizar la composición del Comité de Bioética, sobra decir que son todos los que están, pero que no están todos los que deberían. Ya en la figura de Hipócrates, uno de los padres de la Medicina, se aunaban conocimientos técnicos con saberes filosóficos, no en vano se relacionaba con filósofos como Demócrito y Gorgias, y si hablamos de legislación solo hay que recordar libros como Las leyes de Platón o La Política de Aristóteles, por usar dos de los más conocidos, donde la filosofía era indisociable del desarrollo y organización social. Pero estamos viviendo malos tiempos para la filosofía, para la reflexión ética (Ley Wert), para las humanidades y sobre todo para el pensamiento crítico. 

Jose Carlos Ruíz 

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